Sobre la película Parásitos, o la pauperización de las mayorías

El olor es una metáfora de la pobreza, que a todas luces posee una estética que no es agradable, y unas fragancias propias de la pauperización más agobiante.

Narra - Cultura

2020-09-30

Sobre la película Parásitos, o la pauperización de las mayorías

Columnista:

Esteban Morales Estrada

 

En las líneas que siguen no pretendo hacer crítica de cine. Solamente quiero mostrar algunos rasgos de ese neoliberalismo imperante actualmente, a través de una película.

Según los múltiples corifeos del neoliberalismo, entendido como un sistema social y político que propicia el libre mercado y la desregulación, la riqueza se «derrama» de las clases más privilegiadas a las menos pudientes, en medio de las actividades económicas libres, sin intervención estatal y con todas las garantías, de ganancia, rentabilidad y eficiencia, al capital privado. Los pobres deben esperar pacientemente, en medio de la absoluta miseria o los trabajos basura, a que el capital se asome a sus puertas y les brinde un trabajo que valga la pena, a su vez, estas personas deben asumir con positivismo su realidad; esperando innovar o emprender nuevos negocios para así sobrellevar la pobreza.

Si el Estado interviene para equilibrar un poco la balanza, los más ortodoxos neoliberales mencionan las palabras: asistencialismo, socialismo entre otros. Según los defensores de este modo de ver la economía, hay múltiples oportunidades, y los pobres viven mal por la pereza o la poca imaginación. Todos podrían ser ricos, si trabajaran… dicen.

Pero resulta que, en los últimos años, hemos visto que ese cuento de hadas, donde el ascenso social está abierto para todos, se cae a pedazos. Es precisamente eso lo que vemos en Parásitos. Una familia que parece haber fracasado en todo, se dedica de manera resignada a afrontar su suerte y sobrevivir, por medio de las privaciones y los trabajos precarizados. No tienen Internet permanente, viven en una casa subterránea y los jóvenes no cuentan con acceso a la educación regular.

Sin embargo, la suerte de la familia cambia cuando uno de los integrantes de la familia consigue empleo en una casa de clase alta, como profesor de inglés, y trata de ayudar a sus parientes, por medio de trampas, para que puedan trabajar para esa acaudalada familia. La hermana se convierte en supuesta profesora de arte, el padre en conductor familiar y la madre en ama de llaves de la mansión.

En primer lugar, el encuentro del joven con la riqueza le produce un hondo impacto. Las desigualdades sociales se nos presentan como irracionalmente abismales. Hay unas familias con todos los recursos y otras, con todas las limitaciones, y es allí, donde aparece la antinomia: riqueza absoluta vs. miseria total. Pero, estos ricos de la película viven en una burbuja, sus discusiones y preocupaciones están fuera del ámbito de la sobrevivencia cotidiana, ya que tienen sus vidas resueltas en medio de la abundancia absoluta, y un mismo fenómeno natural como la lluvia, representa cosas radicalmente opuestas para ambos grupos: para la familia pobre implica la inundación de su casa, para la familia acaudalada, un espectáculo ambiental.

En segundo lugar, la familia del joven profesor de inglés se enfrenta a otros miserables como ellos, lo que se refleja en el encuentro con la antigua ama de llaves, despedida por medio del plan de la primera familia. Todos están luchando por la supervivencia, rodeados de una opulencia que no les pertenece, y a la que probablemente nunca puedan acceder. La miseria total parece inaudita en medio de la comodidad absoluta de otros seres humanos, y lo que se podría juzgar negativamente (los engaños para obtener los empleos), se torna justificado, en medio de la pauperización y las limitaciones de la familia protagonista de la historia, que, en medio de todo, es humanamente igual a la familia acaudalada, excepto por sus limitadas posibilidades materiales y sociales. Son buenas personas, empujadas al abismo.

En tercer lugar, aparece una clase privilegiada que no se conecta ni tiene empatía con sus semejantes. Si bien no son despóticos o descorteces, su clasismo se manifiesta en el rechazo a los olores que emanan del conductor. Es un olor casi indescriptible, pero al final resulta ser un olor solo comparable al del metro, medio de transporte masivo que nunca frecuentan estos ricos. El olor es una metáfora de la pobreza, que a todas luces posee una estética que no es agradable, y unas fragancias propias de la pauperización más agobiante.

En cuarto lugar, la película tiene un final lleno de tragedia, hay muertos entre los miserables enfrentados irracionalmente entre sí, y el resentimiento hace caer también a uno de los ricos en manos del conductor. La tentativa tramposa de los de abajo para engañar a los de arriba, así como el ideal de repunte social de los primeros, por medio de los nuevos y mejores empleos, queda truncada. Todo termina con una terrible espiral de violencia, en el que los ricos abandonan la casona, mientras los pobres continúan con su antigua vida de resignación, con un padre prófugo y una integrante muerta. Finalmente, hay una esperanza de que el joven, profesor de inglés, regrese algún día como propietario o inquilino a la casona llena de lujos, para liberar a su padre, que, siguiendo sus instintos, prefirió ocultarse en la misma casa en la que mató al joven empresario que fuese su patrón.

Al final, después de varias escenas dantescas, la sensación que nos queda de la película es abrumadoramente actual. En un mundo con tantos avances técnicos, es irracional el margen de desigualdades que aún se presenta. La concentración de la riqueza en ascenso y las múltiples diferencias de oportunidades no hacen más que alimentar las tendencias autoritarias, soportadas en aquellos que ya no tienen nada que perder.

Es fundamental, para consolidar la democracia, buscar una distribución eficiente de la riqueza y proporcionar oportunidades equitativas a todos los miembros de una sociedad. No es posible que solo unos pocos vivan tan bien y casi todos vivan tan mal. No hay coherencia en decirle a los que viven en medio de la basura, que esperen optimista e inactivamente el porvenir que no les llega, mientras el que enuncia dicha resignación pasa vacaciones en Miami o París.

Solo superando estas desigualdades, puede ser plausible una realidad democrática verdadera.

 

Ilustración: cortesía The New Yorker 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Esteban Morales Estrada
Historiador y Magíster en Historia. Docente y bibliófilo.