¡Quiero ser gente de bien!

No más esa ridiculez de pensar que mis estudios o lecturas valen algo, lo que vale es tener una camioneta cara y grande, eso me hace gente de bien. A propósito, debo tener a mano con qué tapar las placas…

Sátira - Emociones

2021-05-31

¡Quiero ser gente de bien!

Columnista:

Óscar Perdomo Gamboa

 

Me cansé de estudiar y de trabajar por un sueldo, me cansé de dictar cursos y escribir artículos en los que, ingenuamente, pienso que puedo mejorar al país. De ahora en adelante, me importará un carajo la gente, la gente normal, claro, porque ahora yo seré gente de bien; y la principal característica de la gente de bien es precisamente esa, despreciar a la gente.

Pero para ello necesito mucho, mucho dinero; sin importar de donde venga, claro. Si quiero ser gente de bien debo tener dinero para ostentar y no debe importarme si hay algún negocio torcido, turbio, sospechoso… Eso de seguir las leyes es para la gente ordinaria, no para la gente de bien que compra votos y presidentes, que tiene fincas con coca y embajadas. Esto de leer y escribir no da plata, tendré que preguntarle al esposo de la narcomediante Azcárate cómo hizo él para ser gente de bien.

Tendré que comprar una camioneta enorme, gigantesca, pantagruélica (nota mental, deja de usar vocabulario complejo, recuerda que la gente de bien no lee, eso es para los mamertos); una camioneta directamente proporcional a mi ego e inversamente proporcional a mi valor; en cada centímetro de ese voluminoso vehículo estará mi autoestima. No más esa ridiculez de pensar que mis estudios o lecturas valen algo, lo que vale es tener una camioneta cara y grande, eso me hace gente de bien. A propósito, debo tener a mano con qué tapar las placas…

Pero de nada me sirve la ostentosa camioneta, preferiblemente blanca, sin las armas de fuego. Eso de debatir con argumentos aprendidos en libros y tertulias académicas es de mamertos resentidos. Lo que me da la razón es el fierro, digo, el arma de protección personal; ahí es donde la gente de bien mide su inteligencia y su racionalidad. Debo tener al menos una para sumar a las veinticinco mil del barrio. Así seré parte de ese Ejército paramilitar, digo, para militar en las filas de la convivir, digo, convivencia. Perdón por las confusiones, es que ser gente de bien es más complejo de lo que parece. Afortunadamente, un arma quita todos los complejos, incluyendo el de inferioridad.

El atuendo de la gente de bien se resalta con la inmaculada y carísima (tiene que ser ridículamente cara, en caso contrario, seré un pobre chichipato) camisa blanca, diametralmente opuesta al color de la conciencia, sobre todo la conciencia social. El color blanco me distinguirá como persona que busca la paz mediante el plomo. Dependiendo de la zona de Colombia, usaré una cachucha, un sombrero aguadeño o uno vueltiao, acompañado por poncho y carriel repleto de balas. Me pregunto si la motosierra también deberá ser blanca.

Viviré en un condominio campestre muy exclusivo. La gente de bien no se junta con la gente, por eso hacemos edificios con entradas posteriores para la servidumbre. Eso es vital, separarse de la chusma, la indiamenta, la gaminería, la guacherna, el negral, los que no son gente de bien sino gente. Pagaremos vigilancia privada para que ninguno de esos indeseables entre a nuestro barrio, por definición, los de estrato dos para abajo son vagos, mantenidos y ladrones; a propósito, mi nuevo argumento socioeconómico será «los pobres son pobres porque quieren», así me ahorro leer.

Falta un símbolo para la gente de bien, algo así como una pistola cargada, un puño diciendo que plomo es lo que hay o un narcofantasma. Quizá la estatua de un conquistador sea perfecta, pues encarna la mentalidad colonial y esclavista que usa las armas contra los desprotegidos y los despoja de sus tierras, riquezas y derechos; además de que se puede pasar por europeo así se tenga la cara de Eduardo Pimentel. Eso es indispensable para ser gente de bien, creerse de alta alcurnia y noble estirpe, así no sepa qué significan esas palabras.

Supongo que tendré que conseguir un trabajo de gente de bien como cirujano de manos o director de zoológico para insultar a los indígenas y salir a dispararles. Para eso pago mis impuestos, (¿o no? La gente de bien del Centro Demoniaco paga cero pesos de renta), para que la Policía me proteja mientras atento contra la minga indígena y amenazo con quemar las universidades. Aún no sé si prestar mi camioneta para secuestrar muchachos, me da jartera tener que lavar esas manchas de sangre…

Y mi consagración como gente de bien será cuando vote por el que diga Uribe para que ponga orden en la ciudad a bala ventiada, para que acabe con esos mamertos castrochavistas que quieren todo regalado, para que a punta de plomo la guacherna aprenda a respetar a sus superiores, para que esos igualados no crean que tienen mis mismos derechos. No, señores, yo no quiero ser como esos atenidos a los que otros llaman gente, yo quiero ser gente de bien.

 

 

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Óscar Perdomo Gamboa
Profesor universitario y doctor en humanidades. Escritor de novelas como “Allá en la Guajira arriba”, “Hacia la Aurora” y “De cómo perdió sus vidas el gato”; así como los libros sobre caricatura “Afrografías, representaciones gráficas y caricaturescas de los afrocolombianos” y “Mil caricaturas afro en la historia de Colombia”.