Que un árbol no nos impida ver el bosque

¿Quién nos cuenta nuestra historia? ¿Acaso quién nos está relatando el origen de nuestros conflictos? La respuesta es simple: son los medios de comunicación que han pertenecido a las castas y a las familias políticas y económicas que mucho se han beneficiado de los privilegios que al grueso de la población le han sido negados.

Opina - Medios

2019-10-04

Que un árbol no nos impida ver el bosque

Columnista: Mauricio Pérez Moreno

 

La historia del mundo está llena de relatos de luchas y protestas en contra de estados hegemónicos y sistemas opresores, promovidas a través de las vías de hecho y la confrontación como único y ultimo método posible por reivindicar derechos perdidos o nunca obtenidos de una sociedad aplastada por la maquinaria gubernamental y unas altas clases sociales que defienden por sobre todas las cosas sus propios privilegios.

En estos relatos en donde el común denominador es la sangre derramada en las manifestaciones, habitualmente las salas de redacción de los grandes medios de comunicación y algunos pseudohistoriadores perezosos que se niegan a contar la historia completa y sin apasionamientos, han olvidado enseñar y aclarar los contextos y causas previas que llevaron y empujaron a las grandes masas a dichos levantamientos. 

Un ejemplo claro de este atropello en el relato, es la falta de contextualización con la que los medios e historiadores nos presentan  el conflicto árabe-israelí, visto casi siempre desde un punto de vista convenientemente manipulado para lavar la cara de las grandes potencias y librarlos de toda responsabilidad frente a lo que fue un burdo incumplimiento a la palabra empeñada en la década de los cuarenta, al prometer al pueblo de Palestina la posibilidad de preservar sus territorios ocupados por siglos en lo que es conocido como la Franja de Gaza y Cisjordania.

A su vez, entregaron un cheque en blanco por la recién nacida ONU después del fin de la segunda guerra mundial a los pueblos judíos que reclamaban sus tierras ancestrales, después de sufrir el holocausto Nazi. Los titulares de prensa describen el hecho como dos países que se odian, incapaces de mantener la paz en la región. Simplemente los medios nos muestran la noticia como un atentado meramente terrorista de parte de los palestinos, o de una represión brutalmente ejercida por parte del pueblo judío de Israel, sin brindar a la opinión publica la posibilidad de conocer el trasfondo histórico, político y social que originó dicho conflicto.

Las razones que ocasionaron esta guerra son deliberadamente obviadas en el relato, dejando sin herramientas de juicio un análisis eficaz y sensato de la realidad que allí se vive.

Podemos ver esta anomalía en otro ejemplo. Imaginemos que un hombre negro, cansado y abatido por la segregación, discriminación, exclusión, marginado él y los suyos de los privilegios y ventajas de los que gozan los blancos, y que este agreda de manera “aleve” a un hombre rubio en respuesta a un vituperio del segundo, o a una marginación, a un insulto.

De inmediato los titulares de prensa darán cuenta de un “ataque de un hombre afrodescendiente a un caballero en estado de indefensión”, desconociendo una larga y lamentable historia de crueldad y racismo que si bien no justifica la violencia, por lo menos sí debería permitirnos entender el resentimiento y el dolor que la humanidad entera le ha causado a la población negra del mundo, dejando aun sin saldar esta deuda que tenemos como sociedad ante los excluidos y segregados por su color de piel.

De igual manera, podemos analizar la manera en que los medios no explican el origen del conflicto colombiano en la década de los cincuenta: simplemente no lo muestran o deliberadamente lo ocultan. Repiten incesantemente la versión oficial que favorece a la misma casta política que propició con su olvido estatal la conformación de las guerrillas liberales que se alzaron en armas.

Para los grandes medios ha sido muy difícil explicar de manera práctica que los grupos organizados de campesinos, hartos, cansados y abatidos por el olvido y la desidia del Estado, hastiados de ser los analfabetas objeto de burlas y de chistes de mal gusto por no tener acceso al derecho constitucional de educarse en unas modestas escuelas rurales; evidentemente indignados por la necesidad jamás resuelta de poder acceder a servicios de salud decentes y aceptables para una población desprotegida y vulnerable, y a todo esto sumado, la incapacidad de sacar las cosechas de sus tierras debido a la carencia de unos caminos veredales que permitieran comerciar los productos de sus tierras con el mundo exterior.

Todo esto los llevó a tomar las armas como último método de presión ante un Estado que día tras día, gobierno tras gobierno, precarizaba aún más su situación. La respuesta ante estos reclamos: bombardeos a la población civil, entre ellos el ataque a Marquetalia, acusándolos equivocadamente de comunistas financiados desde el exterior con el ánimo de expandir la amenaza soviética. Esto no lo cuentan los grandes medios, cuya función no pareciera informar sino confundir, en un tiempo en el que la regla pareciera ser lavarle la cara a los poderosos para perpetuar sus privilegios.

Las grandes portadas nos muestran la forma pero nunca el fondo. Nos dejan ver tan solo el árbol que oculta el bosque.

Solo basta con ver quien nos cuenta la información para entenderlo todo. Tal como lo dice la historiadora Diana Uribe, “es como si la historia de la independencia fuera relatada por Sámano y Morillo”.

¿Quién nos cuenta nuestra historia? ¿Acaso quién nos está relatando el origen de nuestros conflictos? La respuesta es simple: son los medios de comunicación que han pertenecido a las castas y a las familias políticas y económicas que mucho se han beneficiado de los privilegios que al grueso de la población le han sido negados.

Son ellos los mismos que quieren cambiarnos el relato de nuestra historia cuando nos dicen que la masacre de las bananeras no fue más que un mito o que en la retoma del Palacio de Justicia no hubo desaparecidos.

En días anteriores, la noticia que ocupó el grueso del espacio noticioso del país fueron las marchas estudiantiles que terminaron en actos vandálicos de unos pocos. Unas protestas justas y entendibles de unos estudiantes que empiezan a despertar y a dar luces de esperanza de que la sociedad sí puede sobreponerse a los desmanes de los corruptos. Un grito desesperado de una juventud que reclama para sí la oportunidad de hacer parte del futuro de su país. Una luz que brilla en la oscuridad que ha dejado la indiferencia de una sociedad sumisa y tolerante con los delincuentes del erario.

La causa de la protesta: el desfalco por más de diez mil millones del presupuesto de las universidades públicas por parte de los bandidos de siempre. El titular en los noticieros: “Actos vandálicos por parte de universitarios desadaptados”.

¡Terroristas! gritaban algunos directores de medios radiales matutinos al referirse a los estudiantes, desconociendo de tajo no solo la causa de la protesta, sino también el hecho inocultable que los estudiantes pacíficos y justos son la inmensa mayoría.

Que hay intolerantes y vándalos al interior de la protesta, es un hecho que hay que investigar y sancionar de ser pertinente. Que hay infiltrados de fuerzas oscuras que buscan deslegitimar la protesta y darle aire de terrorismo, también es un hecho altamente factible en el que habrá que llegar hasta esclarecerlo por completo. Pero lo que es absolutamente cierto, y no menos importante, es que no podemos perder de vista el motivo que llevó a cientos de estudiantes a salir a las calles a protestar por lo que nos pertenece a todos como sociedad.

Es nuestro deber levantar nuestra voz en apoyo a los estudiantes pacíficos que luchan por un país sin corrupción y no olvidar que un árbol jamás podrá ocultar la totalidad del bosque.

 

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Mauricio Pérez Moreno
Defensor de la educación como único método confiable para la resolución de nuestros conflictos sociales. Amante de los libros de historia y adicto a los cubos Rubik. Treinta y cinco años tratando de entender a Colombia sin mucho éxito. Convencido de que La Verdad, aunque se halle escondida debajo de las piedras, nos hará verdaderamente libres.