Que los odios no nos desvíen de lo justo: no somos parte del opresor

Ha sido tal el odio que ha nacido hacia la Policía que, en un tema tan preocupante y serio, no se han tomado un segundo al menos para considerar su posibilidad.

Opina - Género

2021-05-25

Que los odios no nos desvíen de lo justo: no somos parte del opresor

Columnista:

Tatiana Barrios 

 

El paro ha sido el quiebre de años de tolerancia y pasiva sumisión. Las nuevas generaciones, ante la realidad irremediable de un futuro incierto donde la estabilidad parece una utopía y la migración una necesidad, decidieron tomar las riendas y salir a defenderse de la injusticia y la opresión.

Como era de esperarse en un Gobierno con tendencias dictatoriales, la respuesta a la exigencia fue el despliegue de una fuerza desproporcionada. Y tras cada muerto cobrado por aquella orden macabra, no se reconocía y, todavía hoy, no se reconoce el abuso policial, lo que no ha hecho más que intensificar los niveles de las protestas y la ira de quienes sufren la humillación institucional.

Y si bien esta ira es válida y sería extraño que aquel que apoya el paro no haya sentido esa indignación con los videos de tanquetas disparando con armas cuestionables o lanzándose a jóvenes en las calles, me empieza a preocupar la tergiversación de la lucha que está germinando dentro de algún sector «pro-paro» en el país, una tendencia desorientada por el odio y el rencor que ha sido, precisamente, uno de los culpables de la perpetuación del conflicto en Colombia.

Con la denuncia de la patrullera que asegura haber sido abusada sexualmente dentro de un CAI, la respuesta ha sido, para mi sorpresa, una avalancha de prejuicios y desestimación de la acusación por el hecho de provenir de una mujer vestida con el uniforme de la Policía Nacional. Ha sido tal el odio que ha nacido hacia la institución que, en un tema tan preocupante y serio, no se han tomado un segundo al menos para considerar su posibilidad.

Si bien es cierto, la experiencia nos precede y la fuerza pública colombiana ha estado empañada de montajes y arreglos para mejorar su imagen ante la población desde hace mucho tiempo; este es un tema de especial cuidado y que merece nuestra atención con el mismo nivel de meticulosidad con que tratamos los casos de abuso contra marchantes como la joven de Popayán que poco después de lanzar su denuncia, se suicidó. A ella también la cuestionaron, aunque en ese caso fueron los «antiparo», y nos indignamos, nos enfurecimos, porque parecían no tener lo que nosotros sí: corazón para estremecerse y repudiar que una mujer tuviera que vivir esa experiencia.

Pero ahora, que la denuncia proviene de un sector que tanto daño nos ha causado por estos días, actuamos con la misma frialdad que juzgábamos en quienes obran como contradictores. Hemos empezado a envenenar el corazón con odios que nublan lo que verdaderamente reprochamos y la lucha que llevamos. No es posible que entremos a jugar papeles opresores si es la opresión misma la que atacamos y cuestionamos, no es posible que hablemos de libertad si no permitimos que una mujer tenga la oportunidad de denunciar una situación de abuso y al menos ser escuchada para que inicien las investigaciones.

La lucha en este paro, las voces alzadas, también buscan la reivindicación de la mujer. Y no podría creer en alguien que, apoyando el paro, no sea capaz de detenerse y prestar especial cuidado a una situación que es cada vez más preocupante en nuestro país y además es desestimada e ignorada de manera constante en nuestra sociedad colombiana, o peor aún, no podría creerle a alguien defensor del paro que justifique un abuso sexual por el uniforme que usa una mujer, porque eso solo denota que piensan tan macabramente como lo hacen a quienes critica.

No se justifica en ningún caso el abuso sexual, mucho menos como una acción de poderío y supremacía, tal como se ha usado por siglos y todavía hoy se sigue usando, no importa de qué lado venga, es condenable. Como ya se ha dicho, nuestros cuerpos no son territorios de guerra. La mujer se encuentra en una vulneración distinta a todos en cualquier contexto, dentro de una marcha o dentro de la fuerza pública, atraemos peligro por lo que hay entre las piernas, no más. Los peligros son dobles.

Hoy yo decido creer, darle la oportunidad de hablar y ser escuchada. En Bogotá, según reportes recientes, en el 2020 la tasa estimada de casos fue de 91,5 casos por cada 100 000 habitantes. El 83,7 % de los casos de violencia sexual reportados en 2020 fueron mujeres (datos sustraídos del Observatorio de Salud de Bogotá), sin contar a quienes callan y podrían estar duplicando esas cifras. Así que sí, prefiero errar por creer, a juzgar y entrar a revictimizar por prejuicios.

En mi opinión, tras semanas de introspección y catarsis personal, creo que sí, nos disgusta la fuerza pública, pero lo que verdaderamente hay detrás es el odio a la injusticia, y al ser la Policía un ente que ha representado actos injustos y verdaderamente crueles, juzgamos a su institución en conjunto con mayor vehemencia por ser estatal y por la incongruencia entre su fin protector y su actuar con un tinte muchas veces paramilitar (sin identificar, amenazas, abusos, torturas). Sin embargo, nuestro foco o radar de reproches se sigue rigiendo por los niveles de injusticia y opresión.  

Como en algún momento escuché, somos generaciones que le huyen a cualquier símbolo de discriminación, de injustos, de desigualdad o de apatía. Pero nuestras luchas no pueden ser selectivas. Al menos en mi caso, creo en una lucha por todas. Que tengamos derecho material a decidir en nuestros cuerpos, que para nosotras el concepto de libertad se haga por fin real y palpable, que la opresión marcada por el género sea finalmente derrocada.

No somos iguales a quienes nos critican, y en el momento en que empiece a justificar violaciones y asesinatos sabré que me he convertido al bando de la opresión, la maldad y la injusticia. Entonces, nada habrá valido, porque un corazón enfriado no es empático, no se conmueve al dolor, se cree dueño y jefe de la vida de otros, y ya hemos visto los resultados de los actos que ejecutan quienes así piensan.

Hoy ratifico mi apoyo al ideal de justicia que aborrece el abuso de donde provenga y que pide una libertad real, desde todas las dimensiones. Libertad de pensamiento, libertad sobre nuestros cuerpos, libertad en decisiones bajo la independencia económica. Que pide respeto a los derechos humanos y a los mínimos de dignidad. Ratifico mi asco al abuso policial y al abuso sexual, de quien sea y de donde provenga. Las luchas son completas o no lo son.

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Tatiana Barrios
Barranquilla, Colombia | Estudiante de Derecho de la UA.