Popeye el sicario

Como Macho, Popeye enarboló esa bandera y actuó bajo los principios de esa parte del país que aún apela a los golpes, al uso de la violencia para solucionar los conflictos y las diferencias.

Opina - Sociedad

2020-02-06

Popeye el sicario

Columnista: Germán Ayala Osorio

 


Murió Jhon Jairo Velásquez Vásquez, el sicario del narcotraficante Pablo Emilio Escobar Gaviria, conocido en el submundo de la mafia como alias Popeye.

Con él, se fue la posibilidad judicial y ética de establecer, confirmar y consolidar procesos penales y de responsabilidad política en torno a la relación entre connotados políticos con el narcotráfico. En particular, las responsabilidades y las conexiones que  histórica, social y periodísticamente han comprometido al hoy senador Álvaro Uribe Vélez con el Cartel de Medellín, cuando fungió como director de la Aerocivil.


Son varios los videos que circulan ampliamente en las redes, en los que Popeye dice que la operación de la pista de aterrizaje de la Hacienda Nápoles recibió el visto bueno del entonces director de la Aerocivil.

Esta columna no tiene la pretensión de insistir en viejos señalamientos contra el senador antioqueño. Por el contrario, el objetivo de este texto es reflexionar en torno a la figura sicarial que hoy se despidió de este mundo.

Sicarios como Popeye son el fruto de una sociedad machista, mafiosa, corrupta, excluyente y violenta. Es decir, Velásquez Vásquez nace de las entrañas de esa Colombia premoderna que resiste a cambiar.

Como Macho, Popeye enarboló esa bandera y actuó bajo los principios de esa parte del país que aún apela a los golpes, al uso de la violencia para solucionar los conflictos y las diferencias. “Te doy en la cara marica” es la más reconocida expresión de ese país de machos cabríos que potencialmente pueden terminar siendo sicarios como Popeye, o convertirse en determinadores ideológicos de masacres y acciones sicariales como las perpetradas por Jhon Jairo Velásquez. Son machos porque son capaces de castigar errores, desafíos o deslealtades.

Sin mayores oportunidades y con una débil estructura moral y ética, Popeye encontró en la mafia el reconocimiento que la sociedad antioqueña jamás le concedería, a pesar de erigirse como un “hombre echado pa´ delante, macho y verraco”.

Popeye necesitaba hacer dinero y para hacerse malo para poder ser reconocido. Así entonces, el matón del Cartel de Medellín es hijo de las circunstancias de una sociedad mafiosa y machista.

No fue el monstruo que muchos dijeron que era. Simplemente, su condición humana se conectó con inusitada facilidad con las particulares circunstancias en las que le tocó vivir y en las que encontró cierta fascinación, porque salir adelante dependía de él mismo y de la “extrema habilidad” de cumplir las órdenes que le daba “el Patrón”, otro macho cabrío que creyó en la posibilidad de que el país entero se rindiera a sus pies, como si se tratara de un Mesías.

Baste con recordar el programa “Medellín sin Tugurios” para comprender que de la relación entre pobreza y el carácter mesiánico de Pablo Escobar, brotaron sicarios, «lavaperros» y colaboradores de los mafiosos antioqueños.

Como macho obediente y agradecido, Popeye fue leal a quien le dio un nombre y un lugar en una sociedad excluyente. En eso guarda enorme parecido con ciertos políticos que actúan de la misma manera, eso sí, sin apretar el gatillo: son leales al gamonal, al Jefe Político, al Barón político, así este sea torcido, corrupto o determinador de crímenes de lesa humanidad. Eso poco importa. En una sociedad que educa a sus hijos para obedecer sin chistar, procrear sicarios como Popeye es una condición normal y casi que natural.  

Pablo Escobar se aprovechó de Popeye y de las condiciones en las que se levantó. Lo mismo hicieron quienes encontraron en el sicario, una figura política, un fenómeno social y psicológico.

Hasta en el ocaso de su vida, y después de largos años purgando condenas, Popeye buscó reconocimiento. Como ser humano, sabía que tenía derecho a exponer sus ideas políticas, asociadas por supuesto, a sectores de Derecha que están con el Todo Vale; y sabía también que su figura, para cientos de miles, grotesca, para otros tantos generaba simpatías a pesar de su tenebroso pasado.

Desechado por los sectores de poder político que se sirvieron de él de muchas maneras, Popeye terminó sus días luchando contra un cáncer gástrico que lo consumió en un tiempo relativamente breve. Se desconoce si en su lecho de muerte hubo tiempo para renovar su arrepentimiento por los crímenes cometidos.

Se fue Popeye, el sicario. Por fortuna, nos queda el otro Popeye, el marino, que ya tiene 90 años. Larga vida al segundo y profundo descanso al primero, con la certeza de que en las comunas pobres de Medellín y Cali están creciendo sicarios que tienen a Velásquez Vásquez como un referente  y ejemplo a seguir.

 

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Germán Ayala Osorio
Docente Universitario. Comunicador Social y Politólogo. Estudiante del doctorado en Regiones Sostenibles de la Universidad Autónoma de Occidente.