Los lamentos de un servidor público en paro

Si el Estado no tiene derecho a la memoria, mucho menos ha de tener consideraciones con quienes, mal que bien, dejan media vida a su servicio.

Opina - Política

2020-02-09

Los lamentos de un servidor público en paro

Columnista: Julio César Orozco Ospina

 

Es cosa que ocurre cada cuatro años: el primero de enero medio país, que trabaja para el Estado en sus 32 departamentos y 1103 municipios, está desempleado.

Son obreros que barren las calles y arreglan los jardines, señoras que hacen el aseo y reparten los tintos, vigilantes que algo esculcan y nada vigilan, técnicos en, tecnólogos en, secretarias, profesionales –a veces especialistas– con muchos títulos de muchas cosas que no cuadran, pero que les han servido para intentar sobrevivir, cada tanto, a su mera condición de opeeses.

Es una sigla odiosa, pero eso son, opeeses, meras “órdenes de prestación de servicios”, engendro de todas las políticas regresivas en materia laboral, que acabó con las garantías alcanzadas en tantas luchas históricas y condenó a estos quejosos a una vida sin pensión, sin vacaciones, sin prima, sin cesantías, lo que se traduce en un futuro incierto donde hay que ahorrar algo mientras sale el otro contrato, que no va por cuatro años, ni por dos, ni por uno, sino que se desgrana en un reguero de meses: “Me fue bien, parece que me van a contratar por seis meses”, anuncia con bombos el pobre desdichado.

Pero vayamos a su tragedia, la que viven con mayor hondura por estos días. Van los opeeses, ahora con título de desempleados, cansados de rodar de oficina en oficina, de enviar su hoja de vida por correo electrónico y postularse en bolsas de empleo. Se alegran si acaso les contestas que la hojita fue recibida, que no llamen, nosotros te llamamos. Desesperados buscan, wasapean a sus amigos más cercanos, quienes a menudo están igual de parados, porque la red de contactos suele ser limitada y las desgracias, tanto como las dichas, a menudo se comparten.

Alguno con menos vergüenza y más necesidad acude a un viejo amigo, a simples conocidos, a ese compañerito tan querido con quien trabajó tiempo atrás. Se saluda con efusividad; se pregunta, para entrar en confianza, ¿cómo va todo por allá?; se comenta, entre grandes aspavientos, que todo está muy parado, que nada sale, que ya se terminó enero y los pocos ahorros, después de otro diciembre de gastos y derroches, no alcanzarán para un mes más.

Entonces viene el “qué pena”, “me muero de la vergüenza”, “no sabía si llamarte o no, pero vos sos muy querido”. Luego se suplica, se implora por cualquier ayuda, por alguna información que dé pistas de a dónde ir, a quién más acudir en busca de una posibilidad de empleo, o al menos de una buena recomendación, que “uno se le mide a lo que sea, siempre que la paga no sea muy mala y se pueda adquirir experiencia”.

Como el Estado y sus dirigentes desprecian casi todo lo que sirve, las tres cuartas partes de los opeeses desempleados jamás volverán a su anterior trabajo y emigrarán a otra alcaldía, a otra oficina pública, a alguna fundación que los acogerá para hacer lo mismo, pero con sueldos de miseria; se los robará el sector privado, que no paga mejor, o acaso intentarán ser independientes e iniciarán un emprendimiento que, las más de las veces, durará cuanto dure su capacidad de luchar contra las trabas que impone el sistema.

Se pierde, también para el Estado, cientos de horas y varios miles de millones invertidos en capacitar, entrenar y formar a aquellos que estarán a su servicio. Se arruina ese caudal de conocimiento humano que ya no estará al servicio de la gente, ni en los despachos, ni en los computadores, a los que les han borrado la memoria.

Entonces llegará un “mago”, “un sabio”, uno que cayó a la reunión que tocaba y se ganó el puesto porque, ¿si no, entonces a quién más ponemos? “Siquiera llegué yo, porque aquí no se había hecho nada hasta ahora…”, dice este novato del servicio público que un día también será defenestrado y andará errante en busca de empleo, porque si el Estado no tiene derecho a la memoria, mucho menos ha de tener consideraciones con quienes, mal que bien, dejan media vida a su servicio.

 

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