La poesía es mi vida

La poesía me ha traído hasta acá, me ha llevado a tantos lugares y sabe que puede seguir haciéndolo. Hemos hecho un pacto y ni cuenta me di. Debe ser el amor porque ese lo cambia todo, hasta a uno.

Narra - Literatura

2019-12-26

La poesía es mi vida

Columnista: Lorena Arana

 

Le amo, sí. Es parte de mí y lo ha sido de cada etapa de mi juventud, de todos mis aspectos; como si me envolviera y a la vez, viniera de adentro. Se fabrica en mí, es mi hija y al tiempo, le pertenezco.

Por ella he traicionado a los otros géneros literarios; porque siento que ninguno es tan mío, como ella. ¿Cómo se puede amar tanto a un género? ¿Cómo uno se puede entregar así? ¿Cómo es que me he vuelto tan suya?

Ella también me ama, lo sé. Soy su persona, su tierra. Traicioné hasta a mi profesión, prefiriéndola. Es curioso, rara sí es. Y más en este tiempo. ¿Cómo pasó? No sé. Pero, sí recuerdo la primera vez que escribí un poema: abrumada, sobrecargada con tanto que quería decir y que no era correcto. Fue como deslizarme por un tobogán; lanzarme hacia la libertad, urgentemente, y dejarlo todo en aquella caída.

Y desde ese momento, hace una década, no he podido parar. Mi vida se volvió un frenesí (o el frenesí de la vida se volvió): situación, poema, experiencia, poema, reflexión, poema… como un estribillo, equilibrándolo todo siempre.

Hoy, leyendo algunas anotaciones de un autor de apellido Valente, empaticé con su idea de que los poemas, como los niños chinos, según lo que él menciona, no nacen cuando ven la luz; sino, en la oscuridad de nuestro interior, en la mente, en el vientre, en el corazón.

Hay un suceso. Surge una idea, una emoción y empieza a zumbar aquí y allá. En los oídos, cuando menos lo esperamos, en el lugar que nos encontremos. Va tomando forma hasta que ¡zaz! Sale como una fuga de gas, como una bolsa de agua a la que se le ha abierto un roto por un lado, como un volcán. Y ahí estamos. O bueno, ahí estoy yo, en plena erupción creativa e insospechada. Agarro el lápiz y entonces, es como si me lo dictaran desde el mismísimo cielo. Y en mi caso, quiero creer que ese es mi talento, mi tesoro.

Aunque, hay una pequeña y bendita variación, en la que se genera íntegro el poema en un lapso muy corto y espontáneo. Por ejemplo, hace unos días iba caminado por la calle y vi a un hermoso weimaraner amarrado a su dueña, con la cola baja y mirada angustiada. Entonces, hice la observación en voz baja para mis adentros: “Tiene miedo”. Y hubiera sido capaz de soltar todo y sentarme a escribir ahí mismo, en el andén. Hasta mejor me habría quedado. Solo pensé: “Los perros son inocentes, incapaces de mentirle a la gente. Sus emociones transparentes…”. Y después, cuando dispuse el tiempo, en casa lo terminé. Pero, de ahí, de ese segundo surgió todo.

Escribo con rima, y si no, siempre con ritmo. La musicalidad es de lo que más amo de la poesía. Normalmente, esa viene incluida en la explosión creativa de la que hablo. Pero, cuando hace falta o se me ocurren nuevas frases, las incluyo buscando palabras que cumplan con los requisitos de sonoridad que considero necesarios y a la vez, digan exactamente lo que quiero.

Puede haber momentos, cuando escribo un poema con rima, en que, en voz alta, empiece a decir palabras al azar; combinando consonantes y que tengan en común cierta terminación (por ejemplo, necesito una palabra que rime con “carisma”. Entonces, menciono: prisma, misma, crisma…), hasta que doy con un término que me es, a la vez, útil y sonoro.

Al terminar, me siento como esos magos que sacan pañuelos y más pañuelos amarrados de su boca; como si hubiera tirado, suavemente, de un hilo; hasta que, de él, se hubiera desprendido toda una combinación de objetos increíbles. Leo el poema varias veces, corrijo aquí y allá. Incluso, cambio algunas palabras. Y cuando termino, estoy tan feliz y agradecida, que casi no lo puedo creer.

Hay poemas que me encantan, que amo (la mayoría). Otros me gustan y a una pequeña categoría no la borro de mi computador solo porque me da melancolía.

 

 

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Lorena Arana
Comunicadora Social - Periodista, poetisa de oficio y de alma. Sobreviviente de la ansiedad y voluntaria en una fundación en la que la han mordido los perros por los que trabaja. Ahí sigue. Vacunada contra el tétano, premiada en algunos concursos. Ha escrito en periódicos, revistas, antologías y portales web. Pero, lo que más la emociona es haber lanzado su primer libro de poesía a los 30 años.