La noble profesión de la abogacía

Colombia es el segundo país después de Costa Rica, con más abogados, pero ¿será que esa gran cantidad de jóvenes aspirantes entiende lo que significa ser abogado?

Opina - Judicial

2018-09-04

La noble profesión de la abogacía

¿Qué pensarán los estudiantes que ingresan por primera vez a la cátedra de derecho? ¿Será que sus tiernas mentes logran dimensionar lo que entraña la profesión de la abogacía?, ¿acaso comprenden la odisea que representa transitar el camino del jurista?, ¿alcanzan a dimensionar los avatares a los que se enfrentarán?

Colombia es el segundo país después de Costa Rica, con más abogados, y cada día ingresan más jóvenes a las facultades de derecho del país, pero ¿será que esa gran cantidad de jóvenes aspirantes entiende lo que significa ser abogado?

Ahora bien, si se remite a la etimología de la palabra abogado, es posible encontrar que esta proviene del latín “advocatus”, que traduce “el que aboga por otros” o “el llamado a socorrer”. Es curioso cómo esta palabra comprende la esencia de la profesión, de lo que significa ser un abogado. Pues desde que los ciudadanos romanos decidieron estudiar la ley de las doce tablas y defender justas causas ante el pretor, el fin del abogado siempre ha sido ayudar y servir a otros.

Ya lo decía el ilustre Francesco Carnelutti “abogado es aquel al cual se pide, en primer término la forma esencial de la ayuda, que es propiamente, la amistad.” El abogado es aquel que ha sido designado para socorrer a otros, para buscar la justicia y la verdad en la resolución de conflictos, para perseguir y luchar por los valores y principios en la sociedad, para equilibrar la balanza de la justicia, y mantener al lobo que habita en el ser humano domado.

No obstante, la profesión de la abogacía ha sido y seguirá siendo denigrada por algunos abogados, quienes han perdido de vista el fin último de la profesión, cuyo móvil es el dinero o el reconocimiento antes que la justicia, para quienes las normas no representan un mandato de justicia, sino un conjunto de letra muerta que puede ser fácilmente manipulada, que se ufanan de ser maestros del engaño y que legitiman la trampa, que creen que la ética y la moral solo le conciernen a los curas y que suelen excusarse en tecnicismos para justificar sus equivocaciones. En síntesis, abogados que le quitan todo el decoro a la profesión.

Por ejemplo, hace unas semanas el abogado penalista, Abelardo de la Espriella, protagonizó un escándalo en radio, en una entrevista para La FM, al mejor estilo de un gamonal, gritó y amenazó fuertemente al periodista Ariel Ávila, por estar en desacuerdo con sus opiniones; su actuar no solamente va en contravía de la ética, sino que además pone de presente su falta de profesionalismo para dar un debate de altura, inclusive infringe lo dispuesto en el código disciplinario del abogado. Este tipo de actos son reprochables y es penoso que provengan de un abogado.

En suma, la profesión de la abogacía está cada vez más maltratada, cada vez es más difícil borrar aquella connotación negativa que la sociedad colombiana tiene en el imaginario colectivo, el cual repite al unísono el aforismo “todos los abogados son unas ratas”, es por esto que el deber de dignificar la profesión es una tarea que recae en todos aquellos que portan la toga invisible, así mismo es una necesidad imperiosa inculcarle a los jóvenes el amor y el respeto por la profesión, es menester que la cátedra de ética en las facultades de derecho, no siga siendo soslayada y reducida a una simple electiva.

Devolverle el estatus a la profesión es una ardua labor, por lo tanto se requieren abogados del talante de Ramiro Bejarano, Juan Carlos Henao, Juan Carlos Forero, entre otros, abogados que son motivo de orgullo, pues enaltecen la noble profesión de la abogacía.

( 1 ) Comentario

  1. Sin duda en el articulo he encontrado unos buenos consejos. Gracias

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Ana Montoya
Abogada, Escritora, Podcaster.