La Fundación Ángel de Luz pretende, con limosnas, ayudar a la población con discapacidad

No pidan en nuestro nombre. Hay muchas formas de obtener recursos. Pero apelar a la mendicidad, es la peor que pudo habérseles ocurrido.

Denuncia - Política

2020-12-03

La Fundación Ángel de Luz pretende, con limosnas, ayudar a la población con discapacidad

Columnista:

Mauricio Ceballos

 

Hoy, 3 de diciembre, se conmemora en Colombia y en casi todo el mundo, el Día Internacional de los Derechos de las Personas con Discapacidad (PCD). Aunque valga decirlo, debería de conmemorarse, el día de la toma de conciencia por los derechos de las personas con discapacidad. Muchos lo verán como una diferencia conceptual sin importancia, pero, el asunto radica en que todas las personas con o sin discapacidad, cuentan con los mismos derechos. Se entiende pues, bajo ese principio de igualdad, que lo que se resalta el día de hoy, es precisamente, ese carácter de igualdad que tienen las personas con discapacidad ante la sociedad en general.

Habiendo salvado ya este escollo teórico, hay que decir que, en diciembre de 2006, Naciones Unidas promulgó la Convención de los Derechos de las Personas con Discapacidad, ratificada por el Estado colombiano mediante la Ley 1346 de 2009. Esto quiere decir, que dicha convención se incorporó de pleno derecho a nuestro ordenamiento jurídico. Esto no es otra cosa que el refuerzo conceptual de lo expresado arriba en cuanto a la igualdad entre ciudadanos. Pese a semejante claridad, se pensó en la expedición de dicho instrumento jurídico dado el atraso social, político, jurídico y cultural en el que estaban las personas con discapacidad en todo el mundo.

Hasta hace poco tiempo, se les tenía como unos parias del sistema. Me explico. Dicho grupo poblacional, se consideraba como un cúmulo de pacientes. Un grupo de enfermos que, entre otras cosas, en la mayoría de los casos, le costaban muchísimo al sistema que no veía un retorno claro de su inversión. Esto, bajo los modelos del Estado moderno neoliberal estaba profundamente mal. Eso, sin contar con la condición de pobreza o anonimato en la que pervive la mayor parte de personas con discapacidad. Es por ello por lo que el organismo supranacional, a principios del siglo XXI y bajo la premisa del cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) se preocupó por este nicho poblacional que no es poco y que gracias a los conflictos sociales en todo el mundo se agudizó de manera cruenta.

Es así que más de 200 Estados han ratificado jurídicamente la convención. Lo que conlleva necesariamente a un cambio, no solo jurídico, sino social y cultural. A partir de ahí, se empieza a concebir el tratamiento a las personas con discapacidad, con un enfoque distinto. Hablamos pues, del enfoque de derechos que considera a las personas con discapacidad como sujetos centrales y autónomos e independientes. Con plena garantía de participación política y social en todo lo que les atañe como ciudadanos.

Esta nueva concepción no solo proviene del establecimiento y sus organismos. Las PCD también se han preparado conceptualmente, y empezaron a exigir sus derechos, a hablar de dignidad y en todo caso, a llamarle la atención a un Estado que de a poco, ha venido cumpliendo con su obligación de garantizar la equidad entre sus asociados. Es por ello por lo que, hoy día, es normal y hasta de moda está, hablar de garantía de derechos, inclusión laboral, acceso y accesibilidad, además de otros conceptos que pasaron de ser meras entelequias a convertirse en verdaderas causas políticas y de incidencia social para las personas con discapacidad.

Pero, esa evolución conceptual no ha sido fácil, porque a las PCD les ha costado mucho más que enfrentamientos dialécticos y porque hace muchos años ya, llevaba la sociedad creyendo que las PCD eran dignos de lástima, es decir, ciudadanos de tercera. No fueron pocos los escenarios en los que paso a paso se fueron derribando tantas y tantas barreras actitudinales, físicas y de comunicación, para poder «disfrutar» lo que hoy se tiene. Que, sin embargo, todavía no es bastante, pues es más fácil y como lo dijo Einstein: «desarmar un átomo que un prejuicio».

Por lo tanto, es una lucha constante y es permanente el mensaje que las PCD le envían a la sociedad en cuanto a que deben valorarse primero como personas, que la discapacidad está en el entorno y que no es su discapacidad lo que los define. Somos pues, seres humanos que, como todos, tenemos debilidades y muchas fortalezas y hacemos de estas últimas, un plus para que la sociedad nos incluya.

Hace algún tiempo, circulan en redes sociales, distintas campañas por parte de la Fundación Ángel de Luz, con sede en la ciudad de Medellín, en las que se involucra a las personas con discapacidad, no como seres humanos capaces y conscientes de sus realidades, sino que nos visibilizan como todo aquello que, como grupo poblacional hemos querido dejar atrás. Y es la lástima, la caridad, el pesar y, por supuesto, la falta de dignidad. No soy competente para cuestionar si la fundación mencionada beneficia o no a algunas PCD. Lo que quiero que se piense mediante esta columna, es que no es con limosnas que se le ayuda a la población. Es, brindar oportunidades de trabajo digno, propiciar espacios de participación, abrir posibilidades educativas en todos los niveles, crear programas de entretenimiento, disfrute y tiempo libre y, estimular la práctica deportiva y muchas otras cosas con las que se dignifica al ser humano.

Cuando se pide en nombre de otro, sea quien sea, la dignidad de ese otro se menoscaba y se termina por anular a la persona. Lo que hace la fundación Ángel de Luz, no es otra cosa distinta a lo que hacía la Teletón. Ya en otra columna me referí a este tema, porque no es correcto ni socialmente aceptado, que día a día las PCD luchen por una efectiva inclusión en una sociedad llena de prejuicios y barreras y que unas personas poco conscientes de dichas luchas, quieran borrar de un tajo lo logrado como grupo poblacional.

No es posible que dicha fundación quiera enriquecerse y «hacer empresa» con la caridad social de un pueblo que está enseñado a colaborar de buena fe y a apoyar las buenas causas, a pesar de que muchas veces no se tengan los medios suficientes para ello. Eso, simplemente, se llama aprovecharse de los demás. Y con esto no quiero decir que no se busquen donaciones, porque hay muchas personas que quieren de manera desinteresada, colaborar. Es simplemente, que no se tenga a las personas con discapacidad, como objetos de lástima y que se apele precisamente al pesar, para pedir en nombre de ellos.

Por lo anterior, hoy, 3 de diciembre, y mediante esta columna le solicito a la fundación Ángel de Luz, no acudir a la lástima. Piensen un poco en todas las personas con discapacidad que quieren ganarse un lugar en la sociedad. Un lugar como estudiantes, trabajadores, padres o madres de familia y, en suma, como seres humanos dignos. No pidan en nuestro nombre. Hay muchas formas de obtener recursos. Pero apelar a la mendicidad, es la peor que pudo habérseles ocurrido.

Nota al margen: tras las declaraciones esta semana del señor presidente, Iván Duque, en las que manifestó ser de «extremo centro» nos confirmó lo que sabemos desde el 7 de agosto de 2018 y, es que él no es, no está en ninguna parte. Pues el extremo centro no existe, dado que, en la afirmación se incurre en contradicción, porque el extremo es lo totalmente contrario al centro mismo.

 

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Mauricio Ceballos
Mauro Ceballos Montoya (Junnio), es abogado, comunicador social-periodista, amante de la literatura, la música, la radio y los animales. persona sensible, buen amigo, alegre y optimista. le gusta hacer las cosas bien y por eso es algo perfeccionista. no le gustan las injusticias y trata de no quedarse callado, aunque a veces es difícil. tiene la costumbre de malpensar, porque dice que así está más consciente de su realidad. por último, quiere compartir con usted, este pequeño escrito que en mucho o en parte, lo condensa todo: Puro humano. Soy juez y parte, fiscal y defensor, luz y oscuridad, ángel y demonio, egoísta y altruísta, tímido y despierto, soy la duda y la razón, lo ideal y lo absurdo, creyente y necio, trasparente y mentiroso. Soy la contradicción perfecta, humanidad pura.