Incultura, consumismo y otros demonios

Cada día uno se despierta con una noticia que no está en desarrollo sino en constante repetición. Y una noticia mala, por supuesto, porque las buenas escasean.

Opina - Sociedad

2020-06-27

Incultura, consumismo y otros demonios

Columnista:

Mauricio Galindo Santofimio

 

A mí ya me da risa todo lo que pasa en Colombia. Me causa algo así como una mezcla de carcajadas con una tristeza interior que no sé cómo compaginar. Es como una montaña rusa de emociones que terminan por generarme escozor revuelto con burla. 

Así es Colombia, una mezcla de todo y de nada. Una mixtura de sinsabores, de escenas de dolor, muerte y bondad. Es el país que nos conmueve, el que nos hace llorar de alegría y el que nos hace padecer desesperanza. Nada pasa y todo pasa a la vez.

Que es como si uno viviera en medio de una nebulosa o en el fondo de un laberinto oscuro, informe, lleno de olor a sangre, a corrupción, a desidia, a desprecio por los pobres, a arrogancia y a arribismo superior.

Cada día uno se despierta con una noticia que no está en desarrollo sino en constante repetición. Y una noticia mala, por supuesto, porque las buenas escasean. O, mejor, no se publican, porque ya sabemos que no venden, no generan rating. Es una locura esto de aguantar y de amar a Colombia a la vez. No hay destino fijo, unas veces se quiere uno ir, olvidarlo todo, y otras, se quiere luchar contra lo imposible.

Pero como dice un meme de las redes sociales, se da uno cuenta en dónde está y se le pasa. Quizás sea mejor así. Quizás sea mejor abstenerse de sufrir por cosas que no van a cambiar, por personas que no merecen ni un comentario. En todo caso, eso también se me pasa.

Y entonces, recobro valor, recobro fuerza, retomo los hechos y recuento todo lo que acontece, y la risa se me despierta, se me dispara, llena de indignación, con inmensa indignación, esa que parece  risa de funeral, risa de público pregrabada, que se hace por decencia pero que sale con trabajo y con dolor.

Y cómo no va uno a reírse de tantas cosas que producen llanto. A mí sí me da un ataque desaforado de hilaridad cuando veo, por ejemplo, cómo la falta de educación de mucha gente, propiciada desde siempre por los mismos de siempre, hace que juegue con su propia vida y con las de los demás. 

Cuando veo que muchos, en medio de una pandemia de grandes proporciones, que deja muertos en todo el mundo, salen a comprar cosas que no necesitan, en embestida, en masa, como llevados por el demonio del consumismo fútil y rastrero, como poseídos por el Leviatán de la desfachatez, pensando que un televisor o un equipo de sonido les va a servir en el más allá.

Ya lo dijo Alexandra Pumarejo en su columna del pasado 24 de junio en El Tiempo: “Aún, a pesar de lo que el mundo ha vivido en los últimos meses, seguimos queriendo comprar cosas que no necesitamos para impresionar a personas que ni siquiera conocemos con plata que no tenemos”. Esa es Colombia, ese es este país arribista que, como si fuera poco, no tiene recato en elegir a quienes después pueden volverse sus verdugos. 

Yo sí me río de esos comerciantes que desde sus casas promueven que los demás salgan a la calle a comprarles, a riesgo de que adquieran un virus que hasta ahora no tiene cura ni vacuna ni remedio. De esos que, sentados confortablemente al frente de una cámara, dando entrevistas en los noticieros —que no cuestionan sino que aplauden—, ven cómo sus borregos les hacen caso a ciegas, sin medir consecuencias, y que luego salen a decir que hubo algunos pequeños errores en lo que ellos pedían: consumismo voraz y despiadado que no respeta a la muerte.

Hay ocasiones en las que suelo reírme con rabia por las payasadas de quienes nos gobiernan. Y cómo no. Porque a quién se le ocurre venir a decir que un aislamiento obligatorio para prevenir una enfermedad, que no es aislamiento ni nada porque todo el mundo sale ya como Pedro por su casa, debe ampliarse hasta el 15 de julio. Para qué, si el hambre y la miseria ya le ganaron el virus. Para qué, si se demostró la incapacidad del Estado para sobrellevar emergencias. 

Para qué, si aquí queremos ser iguales a los gringos o los europeos en todo, pero solo llegamos a ser colombianos. Esos colombianos arrodillados, como lo escribió también en El Tiempo Gabriel Silva Luján, que creen que la vida es para lamer suelas, para obedecer, para dar palmadas en la espalda y para cumplir órdenes, y no para generar diálogos, unión de los pueblos, consensos y respeto por las soberanías y las diferencias, lo que debería hacer pero no hace nuestra diplomacia de nada, nuestra diplomacia de circo.

Yo sí creo que es muy risible que una señora ganadera salga en defensa de unos presuntos violadores de una niña pobre —olvidada por ella misma y por todos los de su círculo cercano, desde siempre—, como si un delito de tamaña envergadura no demandara un rechazo y una condena ejemplares, más cuando los posibles perpetradores del mismo aceptaron los cargos que les imputaron.

Suelta uno una carcajada cuando varios salen a decir, a raíz de ese delito, que es hora de aplicar la cadena perpetua, que no existe, que no soluciona ningún delito, que no repara a las víctimas y que es un embuste y una muestra grande de populismo punitivo.  

Y aparecen luego los comentaristas de siempre a decir que ellos sí no creen en la ignorancia de los poderosos, que ellos todo lo saben, que ellos no se equivocan. Pero se pregunta uno entonces, con sorna, si saber, por ejemplo, que la tal cadena perpetua, la peor ley que haya sido aprobada en los últimos tiempos, no ha sido promulgada, que falta que aparezca publicada en el Diario Oficial y que aún le queda un largo camino por recorrer en la Corte Constitucional, es saber también que salir a pedirla ya es un acto engañoso para ganar seguidores y aduladores.

Yo creo, en realidad, que a muchos nos da risa ver que aquí se emborrachan, hacen fiestas, se van a moteles, a pasear o de compras como si no estuviera pasando nada. Como si la vida que hoy tenemos, llena de zozobra, de enfermos y de muertos, fuera la misma que se ha vivido siempre en este país que todo lo toma como juego, que todo lo asume y lo hace con chabacanería, con ordinariez, que vota con desinformación y que oculta la historia.

Pero todo es producto de esa incultura en la que han sumergido a un gran porcentaje de la población, de ese inmenso atraso en el que persiste en mantenerse esta patria, no boba, sino infeliz, estúpida, que no es capaz de reflexionar sobre sus propios males sino que insiste y persiste en perpetuarlos. 

Es posible que cuando los demonios, que no demoran en hacernos visita, aparezcan, se sepa que eso de enfrentar una pandemia es para otros. Aquí que se mueran unos no importa, lo que se necesita es que compren, que pongan a andar la economía, porque los muertos de hambre que se quedan en las casas, esperando que los ayuden, no pueden morir de hambre sino de enfermos, olvidados por el sistema de salud. 

Es posible que, a sabiendas de los errores y de las infamias, en los próximos días de compras colectivas y aberrantes, muchos vayan a volver a salir en estampida, y que los que los inducen, vuelvan a irrumpir en la televisión a decir que todo fue un éxito. 

Pero hay una oportunidad para que podamos reírnos más: seguir escuchando los discursos de victoria, los discursos llenos de partes positivos que nos engañan con el cuento de que vamos bien. Ahí podemos desahogarnos y echarnos al goce de la risa trágica, de la risa loca, de la risa inútil.

 

Adenda. Nada más contradictorio que las medidas de este Gobierno engañoso y culebrero. Ahora piensan pedir la revisión técnico mecánica, a partir del primero de julio, a los dueños de vehículos particulares que, por la pandemia, la tenían vencida, pero dicen que hay que quedarse en casa hasta el 15 de julio. ¿Al fin qué? ¿Salir a hacer esa vuelta de renovar la revisión o quedarse encerrados? ¿Aguantarse las congestiones en los Centros de Diagnóstico Automotor o respetar el aislamiento social? Todo con estos gobernantes es así, un absoluto contrasentido.   

 

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Mauricio Galindo Santofimio
Comunicador social - Periodista, docente universitario. Subdirector de Esfera Pública.