Hace 50 años Ancón llenó de sexo, drogas y rock a Medellín

El Festival Ancón se desarrolló entre el 18 al 20 de junio, en un paraje pantanoso cruzado por el río Medellín llamado eufemísticamente parque ecológico, en La Estrella

Narra - Cultura

2021-06-17

Hace 50 años Ancón llenó de sexo, drogas y rock a Medellín

Columnista:

Wilmar Vera Zapata

 

El 17 de junio de 1971 el mal se paseó en Medellín. Desde diferentes líderes religiosos hasta políticos, pasando por ciudadanos que se santiguaban cada vez que pasaban por una iglesia, vieron con resignación y susto a hordas de jóvenes peludos, mal vestidos y drogadictos que llegaban a El Pedrero o bajaban por la vía a Caldas hacia la nueva Jerusalén del Vicio: Ancón.

«Lo que va a ocurrir en la ciudad de la eterna primavera y capital de las orquídeas, nos duele y nos preocupa. Porque de la orgía hippista, que se desarrollará dentro de cuatro días con sus noches, quedarán muchos estigmas, para vergüenza de los colombianos, de la sociedad y de las autoridades que aceptaron la realización del festival» (editorial El Colombiano, junio 1971).

El Festival Ancón se desarrolló entre el 18 al 20 de junio, en un paraje pantanoso cruzado por el río Medellín llamado eufemísticamente parque ecológico, en La Estrella, sitio que curiosamente dio permiso el alcalde de Medellín, el conservador Álvaro Villegas Moreno, por medio del Departamento de Parques y Arborización de la época, dirigido por el poeta Jorge Robledo Ortiz. Desde que el festival nació en la mente de un joven rebelde de 22 años, conocido como Carolo, bautizado Gonzalo Caro Maya, tras un viaje a San Andrés, soñó con montar un Woodstock colombiano, un verdadero festival de rock, amor y, cómo no, mucha droga, como se estilaba en la época.

«Ya es imposible hacer algo. Las familias del sector de La Estrella están aterradas y extrañadas (…) quiero hacer pública la protesta de la Iglesia, en nombre de la sociedad cristiana, en nombre de todo el pueblo contra estos espectáculos denigrantes. Mi protesta también va en nombre de la moral y de las buenas costumbres. Lamento que las autoridades no hayan tenido en cuentan el precepto católico, el concepto de la Iglesia. No me consultaron. Yo habría dado mi negativa. Esto no traerá ningún beneficio para nadie» (monseñor Tulio Botero Salazar, arzobispo de Medellín, El Siglo, junio 1971).

Muy a pesar del alto prelado, ese demonio del rock and roll había llegado a Colombia de la mano de algunos hijos de papi que viajaban a EE. UU. o Europa y traían en sus maletas discos de las nuevas estrellas refulgentes del género acompañadas con ideas contestatarias y de rebeldía a la autoridad. Ya Gonzalo Arango había proclamado su Manifiesto Nadaísta en 1958 y su movimiento contra cultural y poético empezaba a languidecer en 1971, pero el hipismo estaba en boga.

«Antes de atravesar el pequeño puente de hierro y madera colocado por las autoridades sobre el río Medellín, a la entrada del campo, los hippies grabaron con tiza tres palabras: Todo será amor. Entre tanto, sobre una pared cercana a la casa cural, se escribió: si quiera se murieron los abuelos. Las dos frases parecen resumir el violento choque de las generaciones que han partido en dos a la sociedad de Medellín» (Germán Castro Caycedo, El Tiempo, junio 1971).

Revolución yeyé y gogó

A la 1:40 de la tarde del 18 de junio, atrasados por la lluvia que siempre acompañaba a esa región del sur del Valle de Aburrá, entre melenudos y curiosos que pagaron $13.20 la entrada, el «alcalde hippie» abrió la fiesta musical.
«Es muy grato ver tantos jóvenes reunidos pacíficamente, por lo tanto considero un honor declarar inaugurado el festival», dijo Villegas eufórico.

De recuerdo le regalaron una camiseta con las agrupaciones participantes y cerca de 10 mil almas (o desalmados, para la Iglesia) –otros a ojo de cubero calcularon cinco mil o siete mil —corearon su nombre y dieron la bienvenida a la primera agrupación: La Gran Sociedad del Estado, cuyas canciones fueron inspiradas en la Biblia. Mientras la nube de mariguana ascendía impúdicamente al cielo, una «guardia civil» de melenudos decomisaban las botellas de aguardiente que, de forma clandestina, trataron algunos inescrupulosos de ingresar.

«Un hippie de voz pastosa hace el papel de animador y es seguro que en la historia de la locución los hippies ocuparán un gran lugar: son verdaderos innovadores y para manejar un público de más de 10 mil personas no tienen que apelar a ninguna de esas fórmulas, como por ejemplo, ese señoras y señores, dentro de contados minutos… nada de eso. Sólo tienen que decir: manden energía, mucha energía maestros, y pidamos un grito para el padre sol, y señala una bola amarilla rojiza que se va perdiendo entre las colinas, un grito los de Aries que están en el parque, un grito los de Acuario, los de Piscis, y así de tener a miles de seres delirando, en espera de su turno para hinchar los pulmones y gritar» (Fausto Panesso).

La lluvia no se hizo esperar (a esa zona le decían Cielo Roto) y aunque los hippies y mechudos tenían fama de fóbicos al agua, el ambiente sirvió como profano bautismo generalizado. Greñudos, muchos jóvenes, algunos viejos, un puñado de monjas, demasiados curiosos (y hasta niños) jugaban en los barrizales, poseídos por una extraña energía, rito acompañado por los ruidos de la batería y el agudo silbido de las flautas. Un moreno, grande y fuerte, movía estático la cabeza, levantaba los brazos, agitaba las manos mientras saludaba al sol. Envuelto en lodo un círculo de espectadores lo acompañaba, eucaristía pagana de unidad con la tierra, lo rodeaba como un abrazo masivo de común unión. El sujeto se levantó como si fuera la misma creación de Yahvé recién inaugurada y salió caminando seguro buscando su Edén interior.

«No podemos quejarnos, pero la verdad es que estamos lejos de Woodstock, nos dijo uno de los muchachos que portan la camisa con la leyenda En Ancón estamos para servirle. Y es verdad, la música rock ha estado abandonada todos estos años en nuestro país. Los conjuntos que hacen esta música no cuentan con ningún respaldo y son difícilmente conocidos (…) A pesar de eso, no se puede negar la calidad de dos conjuntos La Gran Sociedad del Estado, de Bogotá, y Los Monstruos, de Cali. Estos últimos electrizaron durante 30 minutos, con la más pura música rock y demostraron que Cali todavía tiene un aceptable nivel» (Henry Holguín, El País, de Cali).

Un final que empezó todo

«Se han infiltrado varios antisociales que han pretendido aprovecharse del Festival. Diferencia: los hippies no son antisociales en el sentido convencional de la palabra, sino alejados de la sociedad. Los que se han infiltrado y destruyen la armonía del Festival son gente de baja calaña. Por la tarde, las gentes siguen llegando. Un animador más afable los recibe y les agradece la vista: bienvenidas las gentes tan queridas de esta tierra bella» (Juan José García Posada, El Colombiano, junio 1971).

No hay plazo que no se cumpla ni dicha que no aburra. El último día el sol quiso calentarlos por fin y decenas de asistentes aprovecharon las aguas del río para abluciones renovadoras y relaciones carnales a la intemperie. El amor y el sexo no estuvieron ausentes del bacanal musical. Muchos sin dinero pero con demasiado barro, todos fueron testigos de cómo la alegría general llegó al fin.

«Hasta las doce de la noche habrá música. Los conjuntos han programado un concierto eterno, después las luces se apagarán y un masa gigantesca de jóvenes rebeldes comenzará su éxodo hacia sus lugares de origen donde continuarán sudando la vida, admirados por unos y condenados por otros» (Henry Holguín, El País). «¿Para qué sirvió?», se preguntaron los corresponsales de prensa. Solo quedó basura, un puente roto y una juventud desperdiciada, decían. Los jóvenes de 1971 eran, desde esa perspectiva, la materialización de las malas semillas sembradas, que dejarían en entre dicho el futuro de Colombia, futuro que curiosamente son los padres de la generación actual.

«Esa demostración de miseria humana, de tragedia sexual de una juventud inconforme, que durante 72 horas mostró al mundo una parte del futuro pesaroso y triste de la juventud colombiana, no sirvió para nada. No se exhibió nada positivo. Todo estaba rodeado de una cortina de marihuana (…) ¿Para qué sirvió el festival? Seguramente para llenar de maniáticos los frenocomios. Para atestar hospitales de hombres y mujeres infectadas de sífiles (SIC) y tuberculosos. Para dejar una estela con hijos idiotas, anormales física y mentalmente. En Ancón, un montón de basura, dejada allí por otra basura humana, tal vez peor, dejó flotante en el ambiente esta pregunta: ¿para qué sirvió el Festival?» (Carlos Machado, El Siglo, junio 1971).

Carolo sonríe, medio siglo después. Sabe que Ancón pasó, demostró que sí se podía hacer un festival que aglutinara a los jóvenes, que los asistentes no engendraron hijos idiotas, ni fueron una generación inútil. «Teníamos tanta energía que allí montaron una subestación y tanto amor que La Estrella es famosa por sus moteles», y ríe con la misma picardía de hace 50 años.

Ancón acabó en 1971, pero la leyenda nació y esa está lejos de terminar.

 

 

 

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Wilmar Vera Zapata
Periodista, magister en Historia y doctorando en Ciencias Humanas y Sociales. Es amante de la literatura y docente universitario.