Gritos en silencio

¿Dónde está nuestra capacidad de reacción? Esta vez fue María del Pilar Hurtado ¿Quién seguirá mañana?

Opina - Conflicto

2019-06-23

Gritos en silencio

Autor: Alonso Rodríguez Pachón

 

Llanto, angustia, rabia, indefensión. No es fácil describir la sensación. Otro hijo de esta miserable violencia tuvo que gritarle al país, a ese que se ha quedado sordo porque ya perdió la cuenta de las veces que sintió dolor. Porque ya no se agita y pareciera que tampoco exclama solidariamente con el desamparado.

Un episodio que se suma a la extensa lista de asesinatos que ha tenido que presenciar Colombia, donde sus protagonistas siguen siendo inocentes y sus testigos unos mudos espectadores. Es una semana que culmina con la horrorosa muerte de otra líder social. Su nombre es María del Pilar Hurtado, a quien sus verdugos dejaron a su pequeño hijo huérfano, solo por levantar la voz para reclamar justicia.

Su muerte y el desconsuelo de su pequeño reflejan sentimientos encontrados que invaden un sin número de emociones, remueven los recuerdos de un país afligido y que, sollozando, se queda sin aliento de dignidad.

Es otro triste y deshonroso mes que sigue acumulando la escabrosa cifra de civiles vilmente inmolados en el ejercicio del oficio, por decir lo menos, más peligroso que tiene Colombia: el de ser líder o lideresa social. Según informe del mes pasado, realizado por el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz), desde la firma del Acuerdo han sido asesinados 702 líderes sociales y defensores de Derechos Humanos. Donde 236 han sido asesinados desde la llegada de Iván Duque a la Presidencia; mientras que en lo corrido del 2019 la cifra sobrepasa las 88 personas.

Un año más que lloramos con un gran nudo en la garganta y que está a punto de rebosar la paciencia de un pueblo que ve derramar sangre ante sus ojos, frente a la mirada petrificada y cómplice de un Gobierno que hace todo por los ajenos, pero que no ha hecho absolutamente nada con los propios. Un partido político cuyo líder mira la paja en el ojo ajeno, pero no la llaga en el propio.

Esos, que se han quedado en connivencia inmóvil mientras resucitan y vuelven a ser los amantes de la guerra que, entre la oscuridad de su maldad, van aplaudiendo con sed de venganza como si se tratara del peor de los espectáculos circenses. A quién se le clama ayuda, a quién justicia. ¿A quién? Si el único que debería tenderle la mano a su país sigue de turismo, mostrándole al mundo una realidad que de manera cínica desdibuja con cada pleonasmo de mediocridad.

Así van oscureciendo la verdad, van desapareciendo cada gramo de esperanza, van generando ira y van ahogando cada respiro de existencia. ¿Merecemos ser la sociedad que somos?

No me siento completo cuando se apaga la vida de una madre y se esfuma la esperanza de un niño. Me siento indignado cuando la mayor preocupación de cierto sector es saber si la vida debe o no debe tener alguna etiqueta. No puedo sentirme orgulloso de mi país porque también siento vergüenza.

No puedo mirar a los ojos a mis hermanos colombianos, mientras los matarifes morales aplauden con perversidad la indiferencia, la violencia y van normalizando con frialdad el dolor ajeno, cuando se estancan en la diatriba de convencerse a sí mismos si la vida perdida es o no líder social. Como si eso estuviera por encima del sentido común de una mujer que pudo sobrevivir hasta donde los cobardes se lo permitieron, allá, hasta donde sus ejecutores no se han arriesgado a llegar.

Pero tenía que vapulearnos un acontecimiento triste que nos desgarrara las entrañas del alma y nos hiriera la memoria. Lamentable, pero cierto. Porque no hay dolor más intenso que el dejado por el vacío de una madre y el dolor genuino de un hijo. El destino tuvo que llegar hasta nosotros para probar de cerca el sabor del sufrimiento en vida, la rabia y, sobre todo, la impotencia. Imagen que no debería hacer parte de la historia, pero que forzosamente estalla en los ojos de un país atónito. Esa, una maldita impresión que la crueldad de una sociedad nos deja, mientras un pequeño llora desconsolado frente al cuerpo de su madre que a pocos metros yace sin vida tirado en el suelo. ¿A qué estamos destinados?

Tristemente, siempre han sido gritos en silencio el mayor aliado de las víctimas. Pero quiero pensar que los gritos de los jóvenes que han quedado sin madre o sin padre no nos vuelvan sordos, sino que nos llenen de coraje para tener todos los sentidos despiertos y poder estallar en la calle, exclamando la defensa de la vida sobre la muerte. ¿Dónde está nuestra capacidad de reacción? Esta vez fue María del Pilar Hurtado ¿Quién seguirá mañana?

 

( 1 ) Comentario

  1. ReplyOsiris araujo lopez

    Buenas noches mi familia fue víctima de la violencia y han pasado 6 años y el dolor sigue vivo…y yo deseo La Paz de este país.
    Mi humilde opinión es que porque uds o no se a quien le corresponde ayudar a los hijos de la señora María a que salgan del pais …una ONG no se tocar las puertas y corazones de estas entidades…
    Para ver si estos niños tienen un mejor futuro…porque la verdad en este pais no creo que lo encuentren.
    La lectura anterior es una radiografía exacta de lo que acá sucede…la indiferencia…los mercaderes de la guerra y muerte….que dolor….
    Pido disculpas por mis errores ortográficos..

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Alonso Rodríguez Pachón
Estudiante de Derecho. Educa, forma, escribe, lee, se equivoca, sobre todo critica y reflexiona, y en lo posible construye. La política: una actitud como "norma de conducta universal".