Fajardo, el negligente

Ser negligente, actuar con indolencia, apatía y con pereza para estar al tanto de lo que sucedía en la construcción de los túneles y la desviación de las aguas del indomable río Cauca, es una de las tantas formas en las que los actos de corrupción ocurren y se tipifican.

- Política

2020-12-18

Fajardo, el negligente

Columnista:

Germán Ayala Osorio

 

Nadie niega hoy que Colombia es uno de los países más corruptos del mundo. No se necesita que Transparencia Internacional o cualquier otra entidad, aplique una encuesta para reconocer que, como sociedad y nación, cargamos con esa pesada carga sobre nuestra historia política. A esa fastidiosa carga la llamaremos ethos mafioso.

Ethos mafioso que se expresa en las oscuras transacciones que suelen hacerse entre sectores de poder, para mantener aquello de la gobernabilidad, en el marco de un Estado cuya institucionalidad deviene capturada por clanes familiares y políticos que en diversas regiones han transado con toda suerte de organizaciones criminales (guerrillas, paramilitares y narcotraficantes) para lograr convertir-pervertir a la política, en un negocio más. Esas mismas familias o clanes son responsables del maridaje entre políticos y criminales.

Con y desde esa Colombia mafiosa se ejecutan obras públicas, pequeñas, medianas y las de gran envergadura, como Hidroituango. Todo obedece a pactos políticos y transacciones económicas que no apuntan a garantizar calidad, confiabilidad y durabilidad de las obras civiles acometidas. Por el contrario, lo que se negocia y se garantiza para los que participan del matute es que las vías, los acueductos y los puentes, entre otras obras civiles, necesitarán, en corto tiempo, de reparaciones y adecuaciones, que extienden en el tiempo el desembolso de cuantiosas sumas de dinero y de esa forma se consolidan económica y políticamente las empresas que participan del doloso entramado transaccional. Todo lo anterior supone, por supuesto, el uso de materiales defectuosos, de mala calidad o de técnicas y de tecnologías que facilitan la ejecución de las obras de acuerdo con lo pactado entre políticos y los gerentes de las firmas comprometidas en la ejecución de las mismas.

En Hidroituango, a juzgar por lo trascendido del Informe Técnico de la Contraloría General de la República, lo denunciado por el Movimiento Ríos Vivos y lo señalado por expertos que demostraron que se cometieron errores técnicos y hubo maniobras fraudulentas en el mismo sentido, el ethos mafioso se paseó por la Casa de Máquinas y por los túneles. Es claro, entonces, que se dieron todo tipo de prácticas corruptas, propias de ese ethos mafioso. Es de tal magnitud la turbiedad de lo ocurrido en la construcción de la hidroeléctrica, que hoy está comprometida su viabilidad.

Y mientras técnicamente se definen los pasos a seguir para hacer viable el hasta ahora malogrado proyecto, hay que establecer responsabilidades políticas y administrativas. Hidroituango es por estos días el caso emblemático con el que se ilustra esa realidad cultural de Colombia representada en el Ethos mafioso. Y a su lado, aparece la figura de Sergio Fajardo, político y matemático que lleva años forjando una imagen, no solo de brillante académico y matemático, sino de político probo. Sobre ese perfil-mascarada, Fajardo se presenta de tiempo atrás como una opción presidencial viable, digna y necesaria para un país que necesita, con urgencia, enfrentar ese ethos mafioso que se entronizó en los ámbitos público y privado. Pero todo indica que, por cuenta de su negligencia, al delegar en un tercero su responsabilidad administrativa y política, su perfil-mascarada se viene diluyendo en las aguas oscuras del río Cauca.

Quienes defienden a Fajardo, esgrimen el peregrino argumento que señala que «él no se robó un peso». Esa misma explicación la dieron aquellos que en su momento protegieron al ladino ministro Andrés Felipe Arias, con la política Agro Ingreso Seguro (AIS). Pero se equivocan. Actuar con negligencia es una suerte o forma de corrupción político-administrativa en la medida en que se desestiman riesgos, se ocultan hechos, se transa y, sobre todo, se cierran los ojos ante evidencias y acciones fraudulentas de las que no se puede guardar silencio. Sergio Fajardo Valderrama desestimó los riesgos financieros, los efectos negativos que en la perspectiva socioambiental venía dejando la construcción de la presa y el desvío del río Cauca y, por supuesto, los crímenes ecológicos en los que estaban incurriendo con la construcción de Hidroituango. Por ello, es responsable directo de lo ocurrido en la concepción y construcción de las obras civiles que hacen parte del proyecto.

Así entonces, debemos olvidarnos de que para que se configure un acto de corrupción, está de por medio el robo de dinero. No se necesita robar para que se configure el acto corrupto. Ser negligente, actuar con indolencia, apatía y con pereza para estar al tanto de lo que sucedía en la construcción de los túneles y la desviación de las aguas del indomable río Cauca, es una de las tantas formas en las que los actos de corrupción ocurren y se tipifican.

En reciente columna, el periodista Daniel Coronell, en relación con las responsabilidades que debería asumir Sergio Fajardo, señala que hay «indicios serios sobre su actuación negligente cuando era gobernador de Antioquia con relación al megaproyecto. Hay señales imborrables que delegó y no controló. Y algo más grave, los investigadores tienen documentos que prueban que subalternos suyos le advirtieron sobre el desastre en el que podía convertirse la mayor obra de infraestructura del país. Él no hizo nada para evitarlo».

Así entonces, lo mejor que puede hacer Fajardo es reconocer que actuó con negligencia. Y al hacerlo, debería de dar un paso al costado, pues él mismo, por su dejadez, desidia e indolencia, se encargó de ahogar en el embalse, su aspiración presidencial. Solo queda que el GEA le lance un flotador con la suficiente capacidad para sacarlo a flote. Ya veremos qué sucede.

 

( 1 ) Comentario

  1. «Con y desde esa Colombia mafiosa se ejecutan obras públicas, pequeñas, medianas y las de gran envergadura, como Hidroituango.»… o el metro elevado de Bogotá. Ya sabremos por fuerza de los acontecimientos, de la responsabilidad de Peñalosa y Claudia en el desastre económico, ambiental y de movilidad, cuando el daño a la ciudad se haya consolidado.

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Germán Ayala Osorio
Docente Universitario. Comunicador Social y Politólogo. Estudiante del doctorado en Regiones Sostenibles de la Universidad Autónoma de Occidente.