¿En manos de quién están quedando las armas del Estado?

Necesitamos educar oficiales en humanidad y evaluar muy bien qué tipo de personas van a entrar a portar los uniformes. Quienes quieren solo sentir el poder de un arma, no tienen cabida para ejercer funciones de control donde pueden causar tragedia, muerte y dolor.

Opina - Emociones

2021-05-16

¿En manos de quién están quedando las armas del Estado?

Columnista:

Tatiana Barrios 

 

Hablar del paro es llenarnos de un sin número de sentimientos encontrados. La rabia, la impotencia y el dolor, se dan una pelea con el sentimiento de orgullo por el despertar de un país dormido que, tras varios intentos, no quiere cerrar más los ojos. Y es precisamente ese abrir de ojos lo que nos ha permitido vislumbrar con mayor escrutinio los hechos que por estos días han ocurrido y, gracias a las redes sociales, hemos visto en vivo y en directo, sin filtros, con una crudeza que eriza la piel y empieza a aumentar el desagrado del pueblo, especialmente jóvenes, hacia las instituciones colombianas.

De entre todas las personas e instituciones catalogadas como no gratas durante este tiempo de convulsión nacional, resalta la ya sonada Policía Nacional. No es nuevo el descontento de diversos sectores, como la comunidad estudiantil, hacia esta institución. Sin embargo, el caos que han desatado durante este paro, ha provocado que más personas se sumen o, al menos, entiendan el porqué de aquel ancestral odio entre universitarios y fuerza pública. Empezamos a ver los abusos de fuerza, la desproporción de defensa, los aires de superioridad y, definitivamente, la falta de tinte humano que tiene la Policía Nacional.

Los videos hablan por sí solos. El afán del Esmad de quitar ojos y de los motorizados de disparar armas, los ha llevado a acumular más muertos que días de paro y muchísimos más heridos de lo que se hubiese podido imaginar. Nunca ha sido nuevo el abuso policial en Colombia, pero para estos días pareciera que los ataques sistemáticos se están convirtiendo en el modus operandi de toda una institución. Chalecos volteados para no ser identificados, detenciones arbitrarias y totalmente ilegales, uso inadecuado de armas de dotación y la infame apelación de legítima defensa que no tiene ni son ni ton. No podría ser una patada o una piedra igual de letal que un disparo a quema ropa, no sean cínicos.

El problema aquí, es que desde los grandes mandos se continúa aplaudiendo el actuar de los oficiales que «controlan las marchas». Aplauden e incitan a que continúen con una masacre de civiles como si fuera una cacería. La forma descarada en que se pronuncian estos personajes no hace sino encender más la llama de odio y el rencor que muchos tienen hacia dirigentes que, hay que decirlo, nos creen estúpidos.

Hoy, la Policía no muestra ni sombra de humanidad. No hay una educación suficiente que capacite a estas personas para recibir armas y mucho menos para otorgarles una facultad de coacción. El poder coactivo de la nación debe recaer en manos correctas, que reconozcan sus límites y sus espacios de actuación. Un bolillo no puede quedar en alguien que lo usa para golpear al que, en ejercicio de sus derechos, graba adefesios de procedimiento policial; así como un arma de fuego no puede estar en manos de quien dispara a la cabeza como si estuviera en un juego de feria.

No están educados para nada, solo para atacar. No siguen procedimientos y persiguen sin razón a la gente que, como ellos, tiene olor a pueblo. Entonces, vuelve el mismo debate que llevamos proponiendo hace años y que nadie ha querido escuchar. Se necesita reestructuración. Se necesita restablecer qué principios y qué formación van a recibir las personas que pretendan representar la fuerza del Estado.

Necesitamos educar oficiales en humanidad y evaluar muy bien qué tipo de personas van a entrar a portar los uniformes. Quienes quieren solo sentir el poder de un arma, no tienen cabida para ejercer funciones de control donde pueden causar tragedia, muerte y dolor. No sería sorpresa encontrarnos con muchos así, pues ya hemos visto los videos donde se jactan de poder golpear si quieren, detener si quieren, hacer lo que quieren. Sin embargo, su imperio no es el querer sino la ley, la Constitución y su pueblo.

Hay que empezar a cuestionarnos de manera seria la formación de esta institución. Entes como el Esmad requieren una urgente regulación. No es posible que hablemos de matar con tanta soltura y ligereza para justificar un hecho tan desalmado.

En estos días salió a la luz el reporte de Técnicos forenses de la Fiscalía donde establecieron que Dilan Cruz, asesinado por el Esmad en marchas de 2019, era un objetivo legítimo porque tenía capucha y le iba mal en el colegio. Justifican el homicidio sin base. De manera que, hay que ser buen estudiante o te conviertes en un objetivo legítimo, ¿te vuelves merecedor de la muerte? Ven lo absurdo que suena, ¿cierto?  Ni la capucha te debe dar sentencia de muerte ni tirar piedras ni rayar paredes ni lanzar patadas, porque simplemente no es proporcional. Pero eso en la Policía no se entiende.

Me es difícil escribir sobre esto sin llenarme de ira por los abusos y las defensas escuálidas que a su favor han dado desde el sector político (el uribismo). ¿Los sentimientos al hablar de la Policía no deberían ser, acaso, los de confianza y seguridad? No obstante, si yo que no he sufrido directamente el abuso me siento así; no quiero imaginar lo que pasa por la mente y el corazón de los que han visto a sus amigos, hermanos, hijos, morir. ¿Lo más difícil? Mientras nosotros andamos con el corazón en la mano, el presidente pretendía dar conferencias sobre cómo liderar un país dinámico. Burlados, de nuevo.

Finalmente, queda decir que, si usted está pensando en la confiable «no son todos los policías», le digo, ya lo sé. Pero como he dicho cada vez que se abre un debate sobre estas personas; ellos son una institución, un conjunto. Y si muchos han matado, herido, e incluso abusado a la población, entonces la institución nos falló, la institución no respeta al pueblo, a pesar de ser del pueblo.

Que la gloriosa Policía Nacional se enorgullezca del actuar de los últimos días es un acto reprochable, cargado de inconsciencia que me indigna. Y la indignación no tiene silenciador.

Los hechos de estos días no son más que ofensas para el «Dios y Patria» de su consigna. Ojalá les pesen los muertos en la conciencia y ojalá se empiece a repensar quiénes están teniendo la coacción de la nación antes de que no podamos con tantos muertos. 

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Tatiana Barrios
Barranquilla, Colombia | Estudiante de Derecho de la UA.