El Testigo

El dolor de cada campesino debe ser nuestro, porque son ellos, en silencio, los que se han encargado de alimentarnos día a día y, también son ellos, por supuesto, los que han puesto los hijos que han muerto en la guerra.

Opina - Conflicto

2019-05-08

El Testigo

Jesús Abad Colorado tuvo, además de un corazón muy fuerte para presenciar tanto terror, el índice, el ojo y el lente preciso de una cámara para guardar momentos que le duelen a Colombia.

Y por preciso momento, hago referencia a que estuvo en Granada, Bojayá, Urabá o San Rafael, todas comunidades con rastros de guerra, para ser testigo de tantos hechos dantescos: como ver a Granada rota en mil pedazos, mientras una mujer se casaba; o a un niño vistiendo muertos; o a una niña que se aferraba con toda su vida a una gallina que le habían regalado, en el preciso instante que su familia estaba siendo desplazada.

El impecable trabajo de Abad nos duele, nos toca, nos genera lágrimas y nos pone a pensar sobre este país del sagrado corazón, en donde se incumple, a pesar de ser en su mayoría católico —laico solo en documentos, porque la realidad, cuando viene el papa, la desmiente—, con el quinto mandamiento: no matarás.

Es esa hipocresía de rezar para empatar: se matan dos, se rezan veinte avemarías, tres padres nuestros, dos salves y todo está como empezó: igual.

Se vuelve a repetir la dosis: cinco disparos, veinte avemarías, tres padres nuestros, dos salves y listo: igual, como si nada por la calle, o en teatros, o en eventos públicos.

El documental de Abad nos conduce a preguntas de cómo Colombia ha permitido tanto sufrimiento en sus regiones más apartadas y olvidadas. Como se lo han dicho a él: sus fotografías parecen de diferentes guerras, lo cierto, en últimas, es que todas son de Colombia.

Y nos hacen preguntar, también, cómo permitimos que los campesinos, las personas que siembran lo que comemos, —los seres más nobles que conozco, por cierto— hubieran tenido el sufrimiento de perder su dignidad y su casa y sus vacas y su vida completa.

Es entender, por medio del trabajo de Jesús, el poco valor que la Colombia urbana le ha dado a la rural, cuando la rechazó, en medio de un mar compuesto por mentiras.

Tal y como en su momento lo afirmó Juan Carlos Vélez, con el plebiscito del año 2016, donde ganó el Sí, notablemente, en las regiones que sí habían escuchado granadas y fusiles; pero ganó el No, en las salas de apartamentos donde las granadas se habían visto por televisión.

Parece que la Colombia rural está condenada a un olvido perpetuo por parte del Estado y por los ciudadanos de a pie que andamos en las ciudades.

Cómo entender que muchos políticos, desde Bogotá, lanzan dardos ardientes, repletos de odio, a esas regiones que no están ni siquiera en el mapa. En esas partes del país, simplemente, la gente se mata; se matan porque los políticos han entendido que ese es el juego ideal: estigmatizar la diferencia que ofrece la diversidad en los discursos.

Allí no hay sonidos de debates, pero sí de disparos: al que piensa diferente se fusila y se lanza al río. Qué daño tan grande nos ha hecho la ignorancia, al pensar que el otro tiene el castigo de morir por no pensar igual que nosotros. Nos hace falta leer más libros, para comprender que la inmensidad en las formas de ver la vida es eterna y, que todas, al igual que las de nosotros, son válidas.

Es necesario detener la marcha de la vida, sentarnos frente a un televisor o una sala de cine, y comprender todo lo que nos ha pasado como país en los últimos años.

El dolor de cada campesino debe ser nuestro, porque son ellos, en silencio, los que se han encargado de alimentarnos día a día y, también son ellos, por supuesto, los que han puesto los hijos que han muerto en la guerra.

Es hora de perdonarnos, de no seguir matándonos hasta que se acaben las balas. Ya basta de tanta estigmatización: Colombia no está conformada solo por guerrilleros y paracos. ¡No, no, no! ¿Quién los encegueció de tal forma, para creer que todos los colombianos encajamos en los ideales presentados por dos tipos, que no son —así lo aparenten— ni serán dioses ni salvadores nunca?

Hay que entender algo: la diferencia de ideas hace ricos a los hombres, los hace millonarios. ¿Por qué hay gente que insiste en aniquilar todo lo que no se asemeje a su forma de pensar?

¿Así de retrogrado es este país, limitado a abrazar una camándula y repetir y repetir y repetir, pero no pensar en esta realidad que nos está aniquilando de a poco?

El documental de Abad es un grito al basta: ¡basta de fusiles y metralla! ¡Basta de darles la espalda a los campesinos de Colombia! ¡Basta de estigmatizar al otro como el peor de los canallas! ¡Basta de guerra, que ya es suficiente!

 

Foto cortesía de: Jesús Abad Colorado

 

 

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Norvey Echeverry Orozco
Estudiante de Comunicación Social - Periodismo de la Universidad de Antioquia. Ama el periodismo tanto como a su vieja.