El fin de Uribe, el siempre impasible e indolente (I)

Tu anterior némesis, Juan Manuel Santos, otro tirano como vos pero sin tanta energía, nos jodió la vida unos años y luego se fue: ahora ya no figura en las primeras planas, ya no volvió a hablar de la actualidad y cuando lo hace a nadie le importa porque no tiene ningún poder; e incluso algunos han llegado a sentir empatía por él, a extrañarlo porque no estábamos tan mal como ahora.

Emociones - Política

2021-06-08

El fin de Uribe, el siempre impasible e indolente (I)

Columnista:

Mateo Quintero 

 

Bueno, Uribe, jamás había escrito sobre vos directamente porque me mortificaba el hecho de la incomprensión que siento cuando intento analizarte. Y no solo a vos, sino a todo aquel que intenta subirse a las cimas del poder y, peor aún, mantenerse en él a toda costa.

A raíz de las protestas, el paro nacional, y toda esta coyuntura que está viviendo el país, es claro que tu final está cerca: por lo menos tu final ideológico. De tu muerte vaya uno a saber, que se ve tan lejana porque aún estás entero en lo físico, tenés mucha más fortaleza que yo que escribo esto en pantaloneta, con algo de cansancio aunque no haya hecho mucho en el día, y que a diario lo único que me mantiene en pie son las ganas de pensionarme para poder alejarme de la sociedad y vivir tranquilo en una finquita–pequeña, sobria, no tan ostentosa como tu Ubérrimo, porque qué hace uno con tanta vastedad, qué puedo hacer yo con tanto espacio si a mí me abruma el vacío–. Vos, que tenés toda posibilidad de retirarte, de exiliarte, de vivir en el lado que te dé la gana–o al menos donde no te han censurado la entrada–seguís aquí, mascullando, vociferando, hablando e interrumpiendo. ¿Por qué? Jamás lo he podido entender. ¿Cuál es el afán de protagonismo?

Tu anterior némesis, Juan Manuel Santos, otro tirano como vos pero sin tanta energía, nos jodió la vida unos años y luego se fue: ahora ya no figura en las primeras planas, ya no volvió a hablar de la actualidad y cuando lo hace a nadie le importa porque no tiene ningún poder; e incluso algunos han llegado a sentir empatía por él, a extrañarlo porque no estábamos tan mal como ahora.

La memoria colectiva, que es la que crea la historia, lo está empezando a recordar como un buen presidente, porque al menos nos dejó de joder, pero vos, que seguís aquí y cada vez caés más bajo, la tan buena imagen que tenías la estás desdibujando, se está cayendo a pedazos y ya casi nadie te cree, solo algunos incautos que ya los está matando el coronavirus. Tu megalomanía no tiene remedio: ya no serás jamás el de antes, no recuperarás ni la confianza ni los votos, ni mucho menos el amor que tenía la gente por vos. Tuviste que haberte ido hace mucho y la historia se hubiera apiadado de ti, pero, ahora, ¿qué pretendés? Tus palabras de culebrero ya no enredan a nadie. El perdido perdido está, pero no atraerás a nadie más a tu rebaño.

Siempre me pareciste un individuo audaz, que se propuso llegar al poder por todos los medios y lo logró. Incluso hoy en día aún me parecés digno de análisis aunque estés en tu otoño. Te admiré, o admiro, no sé bien, pero no en el sentido de idolatrarte, eso jamás, sino en el sentido etimológico de la palabra: causar una sorpresa a la vista. Qué sorprendente ver a un hombre tan arraigado al poder. ¡Qué tenacidad la tuya! Tu fortaleza fue la que logró convencer a los demás, porque como decía Kissinger: «La inteligencia no sirve para ser jefe de Estado. Lo que cuenta en un jefe de Estado es la fuerza. El valor, la astucia y la fuerza».

Lograste el gran objetivo de Escobar, paisano y conocido tuyo. No digo amigo porque una persona como vos no conoce la palabra amistad. A todos engañás y lanzás a un lado cuando no te sirven. Escobar tenía más lealtad que vos, eso es claro. Y a él lo admiraban los que querían tener una vida de bandidos, eso está bien. Que cada cual escoja su destino. Pero vos no, vos engañaste a una patria entera, los hiciste creer que eras el varón que necesitaba este país, los hiciste creer que tenías unos huevos gigantes, y que ibas a destruir a las FARC y que nos ibas a salvar y que Colombia sería una maravilla porque supuestamente ese era el único problema y lo único que importaba.

En ese sentido, comprendo a todos esos seres ignaros que confiaron en vos. Estaban atemorizados y creyeron que contigo habría una salida. Pero qué va. Estuviste ocho años en el poder y el único propósito que te instauraste, el único objetivo que te trazaste, no lo pudiste cumplir. ¿Cuánto años más querías? Querías simplemente seguir en el poder, y el cuento que nos metiste de querer acabar con la guerrilla fue falso. Eres el gran fracasado, como te nombró Vallejo alguna vez. No hiciste ni la única cosa por la que te reeligieron. Y los demás, cómo no caen en cuenta. ¿Por qué dicen que desmontaste la guerrilla cuando ni eso fuiste capaz de hacer?

Es que vos no pretendías hacer nada de eso. Vos lo único que querías era poder, y lo alcanzaste. Ese objetivo, el único verdadero, fue logrado gracias a todas tus triquiñuelas. Y eso, pese a todo, es respetable, mas no entendible por mi parte. Porque yo puedo entender todo acto malvado: en cada uno de nosotros está el germen de cualquier crimen. Siempre está lo instintivo pujando, pero lo logramos controlar. Los psicópatas o no pueden, o no quieren controlar su parte irracional.

Pero ¿el poder? ¿De dónde provienen esas ganas de mandar, de imponerse? Las palabras de Fallaci representan lo que pienso yo de este hecho absurdo: «Quizá porque no comprendo el poder, el mecanismo por el cual un hombre o mujer se sienten investidos o se ven investidos del derecho de mandar sobre los demás y de castigarles si no obedecen. […] Veo el poder como un fenómeno inhumano y odioso». Odioso sí, inhumano no. Qué más humano que ese fenómeno. Solos los humanos son capaces de cometer tanta atrocidad y estupidez como lo es el anhelo de tener poder sobre los demás. Y es que no lo entiendo; pero es verdad, no importa que no lo entienda. Vos sentiste ese deseo y lo cumpliste. Hasta ahí está bien. Llevaste tu individualismo al extremo. Pasaste por encima de miles de personas, auspiciaste la matanza de miles de campesinos, de inocentes, de civiles, instauraste aún más la cultura de odio que ya Escobar y la larga cadena de seres infames que te precedieron nos inculcaron en la cabeza. ¿Y eso qué te importa, verdad? Lo importante es tu vida y no la de los demás, pensarás. Lo importante es tu deseo y lo que suceda luego de satisfacerlo está por allá en un décimo plano.

Yo pensaba, cuando te veía a vos, que eras el gran nihilista. El hombre al que nada le importaba. Un hombre totalmente desapegado, un hombre cuya única meta era satisfacer sus propios objetivos. La muerte, el sufrimiento, el desamparo de los demás no tenían sentido, no lo tocaban. Un sujeto que podía engañar sin que le pesara el corazón, sin que ningún tipo de sentimentalismo atravesara su racionalidad dispuesta a alcanzar su logro personal. Y por ello te admiraba. Me deslumbrabas. Incluso me encantaba–de la forma en la que encanta lo horrible, lo tenebroso–la manera en la que respondías con cinismo a las preguntas que te hacían: «Siguiente pregunta, amigo periodista», «¿Usted me deja hablar? Primero, comprendo su dolor, «No estaban recogiendo café». Siempre impasible, siempre indolente. ¿Cómo lo hacés? ¿Cómo lográs esa insensibilidad? Esa mirada tranquila, sin sonrojarte ante los hechos atroces cometidos, ante el dolor ajeno: el dolor causado por vos.

Pero bueno, por ahora te dejo con estas preguntas para que no te alterés demasiado. Tomáte un respiro que nos veremos pronto.

 

Fuentes:

Fallaci, O. (1980). Entrevista con la historia. Círculo de lectores.

National Geographic. (2014). ¿Fue Nerón tan malo como se piensa?

National Geographic. (2014). Nerón, el reino del terror.

Roca-Ferrer, X. (2019). ¿Fue Nerón el hombre más malvado del Imperio romano? Una respuesta inesperada. El Confidencial.

Sanín, C. (2019). Leer al déspota. Revista Semana. 

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Mateo Quintero
Soy ensayista y escritor.