El escándalo de los no inocentes

A Uribe y a su bancada de mañosos lo que les falta en honestidad les sobra en cinismo. La valentía que pretenden demostrar al dar la cara no es más que la necesidad de victimizarse para lograr conseguir ser calificados como inocentes.

Opina - Política

2020-08-16

El escándalo de los no inocentes

Columnista:

Steffy L. Riquett Bolaño

 

Que Uribe tenga revuelto al país no es sorpresa. “Casa por cárcel al político colombiano más influyente del siglo XXI” así resumieron la detención del expresidente. Muchos continúan incrédulos frente al qué pasará. La costumbre de ver a los dirigentes jugar con la justicia como jugar con una pelota es lo que no termina de convencernos. Durante todos estos años ha sido más que evidente que cada asunto y cada persona que se involucra con Álvaro Uribe tarde o temprano termina cubierta de fango. Pero nunca había sido suficiente para tocarlo.

Para sus idólatras, los archivos probatorios, las fotografías con narcotraficantes, los testimonios de quienes con él trabajaron, los audios comprometedores y el criterio de los jueces no representan nada, son una simple conspiración. Los gritos y reclamos de sus devotos demuestran que dejaron de verlo como un servidor público y pasaron a posicionarlo casi como un santo. Ellos no creen que Uribe sea capaz ni de decir una grosería. Cuanto negacionismo. Forman un escándalo en vano. Todo por defender un nombre que desde la A hasta la Z está manchado por la propia Historia colombiana del último siglo.

A Uribe y a su bancada de mañosos lo que les falta en honestidad les sobra en cinismo. La valentía que pretenden demostrar al dar la cara no es más que la necesidad de victimizarse para lograr conseguir ser calificados como inocentes. Se valen de todo para hacer escándalo: redes sociales, demandas, canciones, testigos y, por supuesto, lo que nunca puede faltar: los medios de desinformación. El canal digital Semana TV, por ejemplo, parece que se convirtió en el noticiero privado del recién suspendido senador. En cabeza de Vicky Dávila –una muestra clara de hasta dónde se pueden camuflar los discursos de intolerancia y doblemoral- el llamado “Plan contra Uribe” parece tomar fuerza con cada emisión. Salen al aire y su trabajo es vestir al lobo de cordero.

Uribe ama el poder. Lo ha demostrado durante dieciocho años. Su amor es obsesivo; se niega a abandonarlo. Y aunque el odio y el resentimiento lo vitaliza, lo que lo diferencia de la masa que le sigue es que él sí sabe cómo hacer que esas dos bombas impacten en los lugares que quiere destruir.

Algunos continúan respaldando al ex presidente por la agenda política que maneja el Centro Democrático. Pero este partido, en realidad, no es ni lo uno ni lo otro. Uribe tampoco es ni lo uno ni lo otro. Y no porque sea “tibio”, todo lo contrario. Su determinismo toca el extremo de una corriente política derechista que él direcciona hacia un objetivo claro donde el medio fue y continúa siendo la violencia sistemática. Comenzó con un enemigo específico, la guerrilla. Ahora, ante una sociedad que exige reivindicaciones y que está cansada de que hayan jugado con ella a su antojo, todo lo que huela a Izquierda, oposición, movimiento social e inconformidad son, para él y su aparato criminal, un objetivo militar.

Pero hay que aclarar las cosas. Los uribistas y los que están con Uribe son dos grupos diferentes. Los segundos hacen escándalo porque reciben beneficios y son socios en la criminalidad. Los primeros –víctimas de su propio ídolo- se arañan las pieles y desgarran sus voces al creer que este aún se interesa por procurar el bienestar del país y mantener el buen nombre de la Patria. Cuanta mentira los ciega. De ellos solo se espera que recapaciten.

Somos una Colombia que no ha podido ni superar ni salir del período de La Violencia. Desde el exterior se ve cómo nos cubre la corrupción, la criminalidad, el narcotráfico, la indiferencia y las heridas abiertas por donde aún brota la sangre de las víctimas. Sorprende que, aún en este estado, prácticamente en ruinas, existan quienes se empeñe en defender a los que con nombre propio perpetúan nuestros males.

 

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Steffy Lorens Riquett Bolaño