Después del encuentro entre Uribe y la Comisión de la Verdad

Lo que queda después del encuentro es que los colombianos pudieron apreciar a un violento capataz, a un vulgar hacendado, acostumbrado a imponer su verdad a gritos, para de esa manera consolidar un relato en el que pueda ocultar sus responsabilidades políticas.

Opina - Conflicto

2021-08-30

Después del encuentro entre Uribe y la Comisión de la Verdad

Columnista:

Germán Ayala Osorio

 

Después del histórico, accidentado, pero diciente encuentro entre los miembros de la Comisión de la Verdad y el expresidente-hacendado, Álvaro Uribe Vélez, bien vale la pena reflexionar sobre dos asuntos, a saber: la vigencia política del 1087985, que confirma que en un número importante de colombianos sobrevive una atracción hacia las figuras mesiánicas, sin importar su altura moral. Y el segundo asunto, la supremacía del discurso del gran macho en una sociedad que parece renuente a proscribir el machismo y la violencia contra las mujeres.

Nadie discute que Uribe Vélez es un «animal político», sagaz y temible. Sin embargo, su vigencia obedece en gran medida al vaciamiento de sentido de la política y a la emergencia de un ethos mafioso compartido por el grueso de los colombianos que caminan a la deriva en medio de una inocultable confusión moral.

Se suma a lo anterior, la crisis de los partidos políticos, colectividades que fungen más como microempresas electorales y de empleo, que como instancias de pensamiento. No hay al interior de estos, intelectuales capaces de erigirse como faros éticos. La filosofía política hace rato dejó de caminar por las sedes de los históricos partidos. Por el contrario, cada vez llegan a sus estructuras políticos vulgares, poco leídos, e interesados solo en vivir de la política y no para la política. La vigencia de Uribe, en tanto invención mediática, está asociada, además, a los entramados clientelares que pudo lograr en sus 12 años de gobierno (incluido el periodo entre 2018 y 2022). Las empresas mediáticas y los periodistas-estafetas uribizados están orientadas a mantener la ramplonería, la vulgaridad y la incapacidad de pensar, filosóficamente hablando, de los operadores políticos.

Por todo lo anterior, su validez y su fuerza no están soportadas en principios universales que le sirvan a la sociedad para que sus miembros sean más virtuosos, sino, y por el contrario, están ancorados en valores sectoriales de grupos de poder que exhiben un carácter premoderno, muy propio de repúblicas bananeras en las que se destacan capataces y hombres rurales con músculo económico, pero con una mínima estructura moral y ética, pero por sobre todo, con una enorme incapacidad para liderar procesos civilizatorios y emancipatorios que le permitan al país abandonar esa condición de ser un «platanal con bandera».

Muy de la mano de lo anterior, aparece la sociedad patriarcal y el machismo que, para el caso del encuentro entre el padre Francisco de Roux y dos de sus comisionados, se vio en todo su esplendor. Los colombianos pudieron apreciar a un violento capataz, a un vulgar hacendado, acostumbrado a imponer su verdad a gritos, para de esa manera consolidar un relato en el que pueda ocultar sus responsabilidades políticas. Refugiado en su hacienda, este macho cabrío increpó e irrespetó a la comisionada, Lucía González, con la ayuda de sus hijos, en razón a que sigue convencido que el papel de las mujeres sigue estando asociado a labores domésticas y reproductivas.

No se evidenció en la transmisión si sus compañeros comisionados (hombres), salieron en su defensa, pues claramente, hubo una actitud hostil tanto del «Rufián de Esquina» como llamó Santos al entonces director de la Aerocivil y exgobernador de Antioquia, como de parte de sus dos «pichones» de «rufianes». Así, después del tenso encuentro entre el más grande representante de la vieja y anacrónica Colombia, y los tres comisionados que buscan construir un relato que le permita al país pasar las amargas páginas de esta guerra fratricida interna, no solo quedó claro el incivilizado, vulgar y peligroso talante del 1087985 y el de sus vástagos, sino lo lejos que estamos como sociedad de trascender, porque aún quedan cientos de miles de colombianos que aplauden la displicencia, el cinismo, la mentira, la vulgaridad y lo que es peor, la violencia simbólica(discursiva) contra las mujeres.

Hace unos días presenciamos el (des) encuentro entre tres seres que buscan la luz en la verdad y un individuo que morirá en la oscuridad en la que ha vivido toda su vida.

 

( 1 ) Comentario

  1. Replyalvaro medina uribe

    Don Germán, encuentro absolutamente excelente su columna, que bueno poder leer con su rico vocabulario la descripción del monstruo del ubérrimo, «el gran macho», «capataz con músculo financiero», «rufián de eaquina», «animal político», repito, excelente columna, gracias.

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Germán Ayala Osorio
Docente Universitario. Comunicador Social y Politólogo. Estudiante del doctorado en Regiones Sostenibles de la Universidad Autónoma de Occidente.