Del elogio a la dificultad

En Colombia la normalización de la violencia parece haber ganado cancha; la memoria selectiva, haber sido el colador de la razón; y la nula cultura de derechos humanos, la regla general de convivencia.

Opina - Sociedad

2019-03-12

Del elogio a la dificultad

Si yo le digo a usted que la dificultad es una sombra imborrable de nuestras vidas, no tendremos muchos inconvenientes para coincidir en ello. Si le digo que la dificultad es el motivo por el que seguimos pensando en utopías, tampoco tendríamos mucho que discutir; finalmente, quién no añora vivir sin la pesadez que imparte el mundo contemporáneo.

Pero si le digo que la dificultad es una estructura que contribuye a nuestro desarrollo, entonces las ideas podrían empezar a contraponerse (nuestra primera dificultad paradójicamente). El ideario colectivo es, en general, querer todo fácil. De ser así, seguramente, hoy ni siquiera podría tener la libertad de compartir estas líneas.

A primera vista leer “Elogio de la dificultad” presupone un inconveniente: salen a flote nuestros prejuicios, las malsanas costumbres adquiridas, el espíritu del facilismo que lo rechaza de inmediato.

Cuando Estanislao Zuleta pronunció este discurso, en viva voz y ante un auditorio que lo ovacionaba en el reconocimiento de su doctorado honoris causa otorgado por la universidad del valle, simplemente mostraba lo que era como hombre e intelectual.

La persona aprende del constante ejercicio del pensamiento y construye sobre sus resultados; son algunas de las premisas. La epistemología, en Estanislao, se basaba en su fórmula autodidacta, lo que lo llevó a congraciarse con intelectuales a los que con sabia crítica les contradecía posturas de interpretación sobre los grandes clásicos de la literatura. Cuánta dificultad.

Referirse a los complejos sucesos históricos inexorablemente debe dejar muchas conclusiones. Una de ellas es que, por ejemplo, si no fuera por las grandes revoluciones en cuya gesta salen a flote los derechos básicos, y por los que supervive nuestra humanidad, no sabría decirles en este momento cuál sería el sentido de vivir, descubrir y servir.

Escribió el magistrado Roberto Chaves Echeverry en el final de su bello escrito “Cómo dotar al alma de la toga”, insinuando su oficio (para ejemplificar) como elemento de construcción de la sociedad, este breve aparte:

“(…) recordemos que para la mente divina somos uno mismo con el acusado o simplemente con las partes que se sientan enfrente de nosotros. Que cuando juzgamos, juzgamos a los demás por los hechos de una sociedad que hemos ayudado a construir (o a destruir)”

La dificultad es reconocer que el prójimo tiene derecho de manifestar su opinión, así como de ser vencido, pero con los argumentos fruto del ejercicio de pensar. A eso Estanislao lo llamó respeto.

Es complejo porque quien crea que tiene la verdad, lo mejor es que se siente a discutir solo, pues de la negación y crítica destructiva, solo heredamos el facilismo.

Quedamos estancados en la degeneración de los debates; en los discursos pobres y en la rara manía de desviar la culpa de lo indebido hacia el otro, demostrando que lo que hay no es más que seres incapaces intelectualmente de defender una posición. Es un irrespeto con nosotros mismos “puesto que nos negarnos a pensar efectivamente el proceso que estamos viviendo”.

Sin embargo subyace la responsabilidad de no dejar que esa libertad se alargue hasta los extremos de la insensatez, pues a decir de Alejandro Gaviria en su libro, titulado precisamente “Alguien tiene que llevar la contraria”, a veces es necesaria la ofensa como manera de saber casar peleas (intelectuales), pues la pasión a veces debe ayudar a la razón, no sin dejar constancia de que esa norma siempre debe ser la excepción. Ya quisiera el humano dejar de temer “a la angustia de ponerse en cuestión, de combinar el entusiasmo y la crítica, el amor y el respeto.”

Pero en un país como el nuestro, donde las teorías se resquebrajan – sin dejar de lado que Zuleta fue un sociólogo colombiano- el fenómeno es más complejo. Así, a veces parece que hubiera un encariñamiento con el otro extremo de la dificultad, es decir, del que aprende a convivir con ella pero sin un juicio adecuado de responsabilidad social.

En Colombia, la normalización de la violencia parece haber ganado cancha; la memoria selectiva, haber sido el colador de la razón; la nula cultura de Derechos humanos, la regla general de convivencia.

Hay una insensibilidad de tal magnitud que un mismo hecho puede causar indignación y a las horas, ¡a los minutos!, ser olvidado como si nada.

Cómo será la magnitud de nuestra costumbre a la dificultad, que de tantas que hay en la agenda del diario vivir de un país atiborrado por la violencia, la corrupción y la misma insensibilidad, un problema tapa otro en un círculo dañino que no tiene fin a la vista.

Pensar también es liberarse de los complejos y deshacerse de la basura mental. Es un acto de valentía. Precisa es la cita que hace Estanislao de Dostoievski, pues no encuentro mejor manera de decirlo. Es complejo:

“Dostoievski entendió, hace más de un siglo, que la dificultad de nuestra liberación procede de nuestro amor a las cadenas. Amamos las cadenas, los amos, las seguridades, porque nos evitan la angustia de la razón”.

Foto cortesía de: MVS Noticias

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Alejandro Bedoya Ocampo
Estudiante de Derecho.