De Álvaro Uribe a Donald Trump, demasiadas coincidencias para ser casualidad

Para empezar, ambos parten de un sujeto que en muchos casos se define como el Salvador o Mesías que trae una propuesta «nueva» para devolverle a un país su estado de natural superioridad, que ha perdido el brillo característico por culpa de políticas «blandas» y antecesores «corruptos».

Infórmate - Internacionales

2021-05-14

De Álvaro Uribe a Donald Trump, demasiadas coincidencias para ser casualidad

Columnista:

Álvarez Cristian

 

La presidencia de Donald Trump marcó la historia del mundo y de los Estados Unidos. Para muchos, sobre todo en el país del norte, el estilo de ejercer la política de este neoyorquino les pareció magnético y novedoso.

Sin embargo, para otros, que ya hemos visto esas mañas antes, los cuatro años del «Make America great again» fueron una especie de déjà vu del manejo político que en 20 años ha hecho del país el siempre polémico y ahora investigado expresidente, exsenador y expresidiario Álvaro Uribe Vélez

 

Juntos y revueltos

Comencemos por las similitudes. A Donald Trump se le asocia hasta la saciedad como uno de los hombres más poderosos de Estados Unidos en materia económica (aunque la revista Forbes afirma que no es tan rico como él dice ser). Trump es reconocido por ser la cabeza de un imperio empresarial que maneja directamente él o su círculo interno de familiares.

Si bien, Álvaro Uribe descolla más por su cuestionada carrera política, es innegable que su injerencia (y la de su familia) en asuntos financieros —principalmente en la adquisición de tierras y en la construcción y administración de centros comerciales— también lo ubican como uno de los hombres más ricos dentro de uno de los países más desiguales del mundo.

El manejo que ambos personajes hacen de las redes sociales, principalmente de Twitter, es magistral y a través de ellas siempre logran el objetivo de figurar y causar el revuelo en sus países o incluso en el mundo.

Queda claro al revisar los hechos de que, pese a que ambos prometieron «grandes cambios» en sus países, estos no se dieron o si se dieron fue para empeorar las cosas. Porque algo sí es claro al revisar sus gobiernos: ellos están en el poder solo y únicamente para beneficiar a sus amigos. Los demás, que se jodan.

Trump y Uribe comparten ese mismo estilo de trabajo que se puede resumir en «hágalo usted mismo» sin importar si así se saltan o ignoran instancias jurídicas u organizacionales como leyes, congresos, acuerdos bilaterales, etcétera.

Les gusta mostrarse ante el público como trabajadores incansables muy ligados a las ideas de derecha. Aunque se declaran demócratas a muerte, no es que les agrade quien piensa diferente a ellos. Siempre que alguien les recalca un error usarán el manido truco de culpar a la administración anterior o usar el famoso «espejo retrovisor».

Pero la característica más importante que ambos comparten (y que estoy seguro de que en un futuro los profesionales en Psicología y Psiquiatría estudiarán a fondo), es que —no importa en qué lío o escándalo político o judicial estén inmersos— siempre, absolutamente siempre tendrán personas que los apoyarán y desoirán hasta la más incuestionable evidencia.

Tan cercanos son ambos personajes que Trump se ha referido a Álvaro Uribe (el día que el segundo recobró la libertad) así: 

«Felicitaciones al expresidente Álvaro Uribe, un héroe, un ex galardonado con la Medalla Presidencial de la Libertad y un aliado de nuestro País en la lucha contra el CASTRO-CHAVISMO».

 

Lo que le depara al uribismo visto desde los cuatro años del Make America Great Again 

Si uno presta atención, al analizar los cuatro años de Trump y su M.A.G.A. se nota que (ya sea por simple suerte o por un hecho concienzudo) este modelo calca al uribismo colombiano, incluso hasta en su posible fin.

Para empezar, ambos parten de un sujeto que en muchos casos se define como el Salvador o Mesías que trae una propuesta «nueva» para devolverle a un país su estado de natural superioridad, que ha perdido el brillo característico por culpa de políticas «blandas» y antecesores «corruptos».

Otro elemento es que ambos sujetos se definen como «baluartes» contra la expansión de un «neocomunismo» agitado por potencias extranjeras que solo quieren ver arder al territorio en cuestión (léase Estados Unidos o Colombia) o humillados en la peor ignominia.

Y es con ese discurso —sumando elementos burdos, groseros, burlescos y cuasi criminales contra sus contrincantes— que Trump y Uribe se hicieron elegir.

Una vez ambos llegaron al poder, comenzaron a modificar leyes internas y acuerdos con otras naciones que supuestamente le dieran ventaja a Colombia o Estados Unidos, cuando soterradamente lo único que hacían era darles gabelas y regalos a sus amigos los ultrarricos y a sus familiares.

Al principio, mientras la base de enceguecidos y furibundos seguidores de Trump y Uribe era sólida, ambos políticos se daban el lujo de desviar todas las acusaciones en su contra con unas simples palabras: en el caso de Trump eran fake news y en el caso de Uribe «mentiras de las FARC».

No obstante, la evidencia se volvió tan contundente que ya Trump, y hasta hace poco Uribe, debían explayarse cada vez más en retorcidas explicaciones que sacaban en limpio a ambos dirigentes pero que dejaban en el peor de los escenarios a sus aliados, a los que les caía el peso de la ley mientras «los jefes» salían impunes (ya son cerca de 30 los aliados de Álvaro Uribe que terminaron investigados, presos o prófugos).

Para finales de la década pasada, la situación poco a poco se fue volviendo insostenible para Uribe y para Trump. Ad portas de una nueva carrera política, a ambos líderes se les veía acorralados.

El colombiano, se encontraba ahora declarando ante la Corte Suprema de Justicia (a la que por muchos años evitó con holgura); y Trump estaba cada vez más acorralado por los escándalos. Por eso, Trump hizo lo único que estaba tácitamente prohibido en la política estadounidense moderna.

 

El final que está escrito y el que está por llegar

Con un nuevo escenario electoral de fondo, ambos hombres cometieron errores garrafales. Por el lado de Uribe, este decidió mandar el país (por otros cuatro años más) a través de una marioneta sin poder, visión o inteligencia propia llamada Iván Duque.

Pero como el hombre no tenía chances por sí solo de llegar al poder, la maquinaria de Uribe decidió aliarse con un poderoso narco llamado José Gregorio el ‘Ñeñé’ Hernández, quien financió la compra de votos con la que resultó ganador Duque y a su vez Uribe.

Por el lado de Trump, este —buscando los votos que sus errores espantaban— decidió darle apoyo a grupos de supremacistas blancos, a inescrupulosos racistas y a la gente de la peor calaña y formación política.

En Estados Unidos, el resultado no pudo ser más triste y polémico: nuevamente en algunas de sus ciudades volvió a ondear la bandera confederada, o en el peor de los casos la bandera nazi, la misma que la Unión combatió hace ya casi 80 años.

Pero lo más lamentable fue tener que ver enfrentamientos entre estadounidenses contra estadounidenses en un enrarecido ambiente en el que su líder invitaba a desoír las leyes del país con tal de llevarlo nuevamente a la Presidencia.

En Colombia nos tuvimos que tragar las palabras, ya que nuestro actual «subpresidente» resultó más ridículo e ignorante que el mismísimo Nicolás Maduro.

De otro lado, gracias al pésimo manejo de las relaciones internacionales —siempre plegadas a los intereses de Trump— Colombia se quedó sola a la vez que el gobierno de turno incumplía los acuerdos de paz firmados con las extintas FARC.

La muerte volvió a los campos colombianos, se reactivaron los grupos violentos de derecha, la coca empezó a fluir nuevamente a mares hacia el norte y los carteles mexicanos se apoderaron de los territorios abandonados por las extintas FARC. La situación no puede ser peor para Colombia y también para Estados Unidos.

No obstante el pueblo de los Estados Unidos castigó a Trump en las urnas, pese a que en un principio se temió que la polémica figura de los cuerpos colegiados lo habilitara nuevamente como presidente.

Finalmente, aun con las rabietas del perdedor Trump, Joseph Biden se pudo alzar como absoluto ganador a través de una votación récord.

No obstante, faltaba el último golpe a la supuesta democracia más sólida del mundo. El último bastión de los seguidores más recalcitrantes de Trump intentaron tomar el Congreso de Washington, dejando al mundo perplejo con una sensación de vergüenza y decepción.

 

El futuro del uribismo lo definirá un huevo

Por deseos de Uribe, fue designado como ministro de Hacienda el señor Alberto Carrasquilla, nefasto neoliberal que —durante los 20 años de Álvaro Uribe en el poder— ha realizado ocho reformas tributarias siempre dándoles más exenciones a los poderosos de Colombia y empobreciendo a la clase media y pobre del país.

Pero, la última gota que rebasó el vaso fue la propuesta de una reforma tributaria durante la pandemia en un país donde más de la mitad de su población es pobre, según el último informe de su Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE). A esto, se sumó el desconocimiento de Carrasquilla y su equipo del Ministerio sobre el valor en pesos colombianos de alimentos vitales como el huevo.

Desde el 28 de abril comenzaron una serie de protestas nacionales que se han extendido hasta hoy y que no solo tienen a las principales figuras del Gobierno, sino también las del uribismo tras las cuerdas y con altísimas probabilidades de perder los próximos comicios.

Incluso, lo que antes era un rumor poco a poco se ha confirmado: Álvaro Uribe Vélez está buscando el modo de escindirse políticamente de su pupilo Duque para endilgarle toda la culpa y tratar de salir indemne. Pero el daño ya está hecho y la asociación Duque-Uribe ahora es incuestionable.

Así transcurren los últimos días del uribismo, que esperamos no cometa la misma locura que hizo Trump en 2020. Aunque, con lo ocurrido el domingo en Cali (y que todo el mundo atestiguó) queda demostrado que cualquier cosa puede pasar en los estertores del gobierno de Álvaro Uribe Vélez.

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Álvarez Cristian
Periodista de la Universidad de Antioquia. ¿Quis custodiet ipsos custodes?