¿Cuál es el segundo himno más bonito?

Qué aportante sería que los himnos fueran una puerta para reflexionar sobre nuestra historia.

Opina - Internacionales

2019-01-21

¿Cuál es el segundo himno más bonito?

Los himnos se comprenden como el estandarte del patriotismo que nos invoca la importancia de haber nacido en determinado país. Regularmente, durante el par de minutos en que cada selección eleva este canto de fervor, uno deja las críticas de lado y se siente orgulloso de su terruño.

Cuando vivía en Colombia, no cantaba con tanto ímpetu las notas patrias, en virtud de mi crítica con la figura de su compositor, Rafael Núñez, y la mimetización que hace a la guerra; sin embargo, esta negación se vino abajo cuando partí a otras latitudes, pues, fuera del país, uno tiene más sentido de lo que implica ser colombiano; así, esa floja erudición se reemplazó por un ardor que me daba un nostálgico tiquete hacia el lugar del que emigré.

Cuando estuve en un festival de literatura en Argentina, en 2015, un amigo mexicano proclamó que era su himno el segundo más bello; asimismo, los otros hermanos de Ecuador, Chile, Uruguay, Perú… frenaron en seco y ponderaron su respectivo canto patrio como el segundo más bonito. Yo no podía quedarme callado en la reyerta y ubiqué a mi himno en el lugar donde siempre me enseñaron a ponerlo.

Me permití guglearles: «El himno colombiano, el segundo más bonito» y hubo una caterva de noticias, muchas de diarios colombianos, que me daban la razón. Sin embargo, ellos hicieron lo mismo; por ejemplo, «El himno ecuatoriano, el segundo más bonito», y el resultado fue igualmente favorable para cada uno de ellos.

Lo que más me llamó la atención es que nadie apostó su himno en el primer lugar. Todos reservaron ese espacio para La Marsellesa. Pensaría yo —regresando a mi enjuta erudición— que es porque el sentido de apropiación de las repúblicas latinoamericanas, en sus respectivas independencias, se basaron en la legendaria Revolución francesa de 1789 para gestar sus ideales; por tanto, se recuerda que esta canción, adoptada en 1795, alentó la sublevación que duró hasta 1799 y fue prohibida varias veces, sobre todo, durante la Segunda Guerra. Esto sirvió para su relieve histórico.

En igual línea, es conocido que la independencia de Haití, proceso que va desde 1790 y concluido en 1804, además de ser la primera en Latinoamérica y la segunda en todo el continente, fundó el grito para el resto de que sí es posible tener su autonomía y deslindarse de sus imperios coloniales; por tanto, ¿por qué sus notas patrias, La Dessalinienne, no se reconocen en la cabeza del top? una hipótesis es la relativa juventud de estas, que solo nacieron en 1904, para la celebración del centenario del país antillano y que fulgen un bello homenaje a sus ancestros.

De otro lado, hay diarios que se atreven a dar un criterio estético y académico para el escalafón; inclusive, medios como el británico The Telegraph ponen al nuestro entre los peores. Dicho esto, es clara la dificultad de asumir cuál es el himno más bello sin acudir al sentido patrio, pues lo «bello» resulta discutible y relativo; por tanto, analógicamente, es complicado definir que la canción, poema u obra estética que a mí me guste es automáticamente mejor que a las de otros.

Desde mi goce estético, por solo mentar unos ejemplos, me resulta vibrante la fuerza del coro del himno colombiano y su recambio a las estrofas: «En surcos de dolores, el bien germina ya […] cesó la horrible noche, la libertad sublime […]»; asimismo, es sublime la mezcla entre historia y paisajes, en el himno ecuatoriano: «Los primeros, los hijos del suelo, que, soberbio, el Pichincha decora. Te aclamaron por siempre señora. Y vertieron su sangre por ti»; la cadenciosa poesía del canto patrio del chileno: «Puro, Chile, es tu cielo azulado, puras brisas te cruzan también; y tu campo de flores bordado es la copia feliz del Edén».

De igual manera, resulta memorable el vigoroso júbilo de la música del himno de Brasil, y es estremecedor cómo Los Pumas, la selección argentina de rugby, lloran elevando su melodía, como una oración de fuerza para jugar cada partido.

De vuelta a la historia, considero que, dado que la independencia de Estados Unidos fue un referente, sobre todo por su constitución de 1787, pondero los sublimes y poéticos versos de The Star-Spangled Banner, escritos en 1814; más allá de que, desde la Colonia, hubo una división cultural entre la América latina y la América anglosajona «Oh, say can you see by the dawn’s early light. What so proudly we hailed at the twilight’s last gleaming?».

Los criterios y juicios son diversos y, tan discutibles, como el origen en que se basan muchas notas patrias; por ende, si bien son significativos el par de minutos en que nos apropiamos de nuestra identidad cuando las cantamos, qué aportante sería que fueran una puerta para reflexionar sobre nuestra historia: a lo mejor, en nuestro caso, así logremos que cese la horrible noche.

 

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Manuel Felipe Álvarez-Galeano
Filólogo hispanista, por la Universidad de Antioquia; máster en Literatura Española e Hispanoamerica, por la Universitat de Barcelona. Aprendiz de escritor, traductor, corrector y conferencista. Estudiante del doctorado en Estudios Sociales de América Latina, en la Universidad de Córdoba, Argentina. Docente de lengua y literatura, de lenguas clásicas y romances, y de estudios sociales. Ha publicado los libros El carnaval del olvido, en Málaga, España (2013); Recuerdos de María Celeste, en Medellín (2002), y la novela El lector de círculos, en Chiclayo, Perú (2015).