¿A dónde se fue la consciencia histórica?

Hay un afán de querer olvidar el presente porque interpretarlo es entender la existencia del ahora, aunque entenderlo sea ubicarse, sin el temor de los puristas de centro que son capaces de ‘fajar’ todo discurso a su conveniencia.

Opina - Política

2020-10-29

¿A dónde se fue la consciencia histórica?

Columnista:

Julián Bernal Ospina 

 

Hoy todo hecho se tilda de ser histórico cuando menos conscientes somos de esa condición. Quizás el uso desmedido de la estadística y la necesidad de llenar titulares hayan llegado a un nivel de detalle tal que cualquier cosa es lo primero que pasa en cincuenta años. No sería raro encontrar una noticia que diga: «Primer hombre muere después de haber pronunciado millones de veces la palabra ‘uno’». También, vendría a ser cierto el afán de la notoriedad, la búsqueda del like, que nos hace a todos disfrazarnos de iconoclastas, enfants terribles o bufones. Y sin embargo, tras la pregunta de en qué lugar de la historia estamos, todo parece volverse oscuro después de tantos pantallazos.

Esta sensación se ahonda más cuando todo parece volver. Vuelve la cacería de brujas y Urieles, vuelve la seguridad democrática. Vuelven los toques de queda, vuelven los picos de la muerte. Vuelve Trump y su insaciable hipocresía de Tío Sam, vuelven las elecciones gringas con su fanfarria. Vuelven los mismos a decirnos lo mismo: que nunca había estado el mundo mejor, que el país no podía haber quedado en mejores manos, que todo va fracasadamente bien. Vuelve el círculo vicioso, viscoso, añoso. Oloroso a noticia insípida de todos los días por la mañana, a caos incipiente, que no termina de pasar. Vuelven las brujas –con el perdón de las buenas– disfrazadas de elocuencia, a encantarnos el corazón de brotes de miseria, haciéndolos pasar por belleza, por sublimidad.

William Ospina diría que toda reconstrucción histórica es contemporánea, sin importar si fue escrita sobre la Atenas del siglo V antes de nuestra era, o sobre la Revolución Industrial entre los siglos XIX y XX. Es contemporánea en el sentido de que a cualquier escritura de un ser humano lo atraviesan los padecimientos de su época. Quién diría que, muy a nuestro pesar, es más fácil desentrañar ese sentido del tiempo de la humanidad en los escritos sobre los antiguos que sobre los de hoy, en muchos casos meras fórmulas multiplicadas a la enésima potencia, escrituras piramidales para llamar la atención, los copy-paste de ciertos faros ideológicos.

Lo contrario es una empresa difícil. Todo en la historia de Colombia vuelve siempre al olvido. Y cuando se trata de una reivindicación histórica, como la minga del suroccidente, esta es tildada de política, con ese menosprecio de la política tradicional colombiana –lavada con las nuevas caras de jóvenes líderes, que lo único que hacen es renovarla– de la palabra ‘política’, y con el menosprecio también de los más profundos prejuicios en contra de las vidas marginadas y marginales, en este caso las ancestrales indígenas, las afro y las campesinas. Lo contrario es, pues, el análisis arcaico de la memoria, el desentierro de los dinosaurios.

Hay algo aún por analizar, y tiene que ver con esa nostalgia del adagio popular según el cual «Todo tiempo pasado fue mejor». El afán de querer olvidar el presente porque interpretarlo es entender la existencia del ahora, aunque entenderlo sea ubicarse, sin el temor de los puristas de centro que son capaces de ‘fajar’ todo discurso a su conveniencia.

Vivir en el pasado es conveniente: ya todas las respuestas están hechas, los chistes de las telenovelas y sus dramas ya los conocemos –nos son seguros–, los discursos políticos de las élites antiguas son los más aceptados porque no dicen nada, no cambian nada. Mientras, esa seguridad irreflexiva pasa, sean los quiebres las emergencias de las ciudadanías plurales, las que luchan por sus derechos porque de esa lucha depende la subsistencia cotidiana, pues su vida corre el inminente peligro de los nostálgicos de la exclusión.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Julián Bernal Ospina
Soy por vocación escritor. Trabajo como escritor freelance. Ahora vivo en Bogotá, pero siempre he llevado a Manizales en la sangre y en la voz. Escribo ficción y no ficción. En no ficción, sobre temas políticos y culturales. He trabajado en investigación y educación con La Salle, y con un proyecto de Colciencias llamado Narrativas de paz en contextos educativos rurales. Voces de maestros y maestras. Con ese trabajo, he tenido la oportunidad de conocer diferentes y hermosos departamentos de Colombia como Casanare, Chocó, Atlántico, Huila, Caquetá, Norte de Santander, Putumayo, entre otros. Conocer otros países como Guatemala y Costa Rica. Conocer maestros, trabajar con investigadores, y aprender de hermanos de La Salle. Para mí, a través de los años, la escritura ha sido una forma de encontrarme, y una forma de involucrarme con la humanidad de los otros. Tengo un blog en el que escribo sobre literatura en la coyuntura: julianbernalospina.com. Me preocupa sobre todo la imaginación. Defiendo la idea de que la literatura es un lugar de riqueza y sensibilidad humana que toda persona tiene el derecho de vivir.